Dos miradas

Historia en bicicleta

Por fin, el ciclismo volvía a ser un deporte de individuos solos en una máquina que solo responde a los impulsos de unas piernas y de una extraña combinación de locura y determinación

Tadej Pogacar, en pleno esfuerzo, camino de la Planche des Belles Filles. / Kenzo Tribouillard / AFP

Todo empezó cuando en la tele decidieron marcar la distancia que separaba a Roglic de Pogačar en la general. Hasta entonces, no habíamos prestado atención. Como mucho se disputaba el 'maillot' de topos de la montaña. Pero pasó. Roglic aún atesoraba segundos a favor, el botín que tenía, de color verde. Después, poco a poco, de manera metódica, incesante, continua, aquella distancia se desvanecía y, de golpe, el registro de Roglic se volvió rojo. No podía ser. Por fin, el ciclismo volvía a ser un deporte de individuos solos en una máquina que solo responde a los impulsos de unas piernas y de una extraña combinación de locura y determinación.

Volvíamos a vivir la emoción de las sacudidas arrebatadas, homéricas. Como dice Sergi López-Egea (¡cómo añoraremos ahora sus crónicas magistrales, poéticas y precisas!), "no había ni futuro ni presente". Solo la obsesión de Pogačar hacia la cima, sin ser consciente del todo que estaba escribiendo una de las páginas más gloriosas de la carrera. Decíamos que no era importante quién ganaba, que lo que contaba era llegar a París a salvo, y tres semanas después, un sábado de septiembre, resulta que hemos visto pasar la Historia en bicicleta.