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Diada sin horizonte

Más allá de reivindicar a los políticos presos y a los que están fuera, está claro que el independentismo no tiene hoja de ruta

Esta es la primera Diada desde el 2012 a la que el independentismo acude sin tener un horizonte claro. Ese año el independentismo, hasta entonces muy  minoritario,  alcanzó la mayoría de edad congregado a instancias de la ANC a más de un millón y medio de personas que,  bajo el lema 'Catalunya, un nou Estat d'Europa',  reivindicaban lo que por entonces se llamaba el derecho a decidir. Pocos días después de la manifestacion, Artur Mas disolvió el Parlament y se comprometió a celebrar una consulta sobre el futuro político de Catalunya, un compromiso que fue ratificado por medio del acuerdo de gobierno con ERC por el que se concebía la legislatura como una transición nacional hacia la independencia. En las 'diades' del 2013 y 2014 el independentismo se siguió movilizando masivamente en la perspectiva de la celebración de la consulta, que con gran éxito de convocatoria y con un amplísimo apoyo al 'sí' acabó celebrándose el 9 de noviembre del 2014. La Diada del 2015, en plena campaña electoral de las mal llamadas elecciones plebiscitarias, sirvió para calentar motores cara a unos comicios a los que el independentismo se presentaba por primera vez en la historia de forma casi unitaria, con apoyo y participación de las asociaciones independentistas,  y con una hoja de ruta que fijaba un plazo de 18 meses para la declaración de independencia. Y aunque la del 2016 volvió a congregar a una multitud bajo el lema 'A punt', pocos días después el contador se volvió a poner a cero cuando Carles Puigdemont, en la cuestión de confianza a la que decidió someterse después del rechazo de la CUP a los presupuestos, optó por volver a la casilla de salida del referéndum. Y en el 2017, reclamaba el 'sí' en la consulta prevista para el 1 de octubre bajo el lema 'La Diada del sí'', después de que los líderes independentistas habían decidido lanzarse por la vía unilateral con la aprobación de la ley del referéndum y de la ley de transitoriedad.

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Tras ello vino la fatídico 1-O con votos masivos y excesos policiales, la declaración-suspensión de independencia, la aplicación del artículo 155, el cese del Govern, el encarcelamiento y huida de los líderes independentistas y las elecciones del 21-D que confirmaron la existencia de una mayoría parlamentaria aunque no social del independentismo. Y desde entonces todo es desconcierto.

Visto el nefasto resultado obtenido con la unilateralidad, una parte del independentismo parece dispuesto a renunciar a ella y a hacer política posibilista. Otra, ignorando que en España se ha producido un cambio de Gobierno, opta por el legitimismo y lo fía todo a que la imagen de España se vea deteriorada por el procesamiento de los líderes independentistas y a alimentar la idea de la secesión como causa justa. Y, mientras tanto, el presidente Quim Torra no se decanta. En su discurso inaugural del curso político ha tratado de contentar a todos al mismo tiempo, algo que solo se puede conseguir si se aplica una dosis suficiente de sordera selectiva. Pero la movilización de hoy será un éxito seguro, el independentismo en ese terreno no tiene rival. Lo insólito es que en esta ocasión no se sabe bien bien para qué se moviliza. Más allá de reivindicar a sus presos políticos y exiliados, está claro que no tiene hoja de ruta.

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