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¿Quién será el próximo?

El exdirector del Teatre Lliure Lluís Pasqual.  / JORDI COTRINA

Usted ya no se acuerda, pero hace quince años, tras un almuerzo navideño con sus compañeros de trabajo que se prolongó hasta media tarde en un bar cercano, se puso cariñoso con una chica que le parecía muy atractiva. Como usted, perdone que se lo recuerde, llevaba una tajada de capitán general, no se le ocurrió nada mejor que abrazarla y besuquearla. Creo, incluso, que llegó al extremo de acariciarle las nalgas. Cuando vio que no había nada que rascar, lo dejó correr y siguió pimplando, tras disculparse con su víctima. Pongamos que usted prosperó en la empresa, que ahora dirige, y que la pobre chica fue despedida (según ella, a causa del machismo imperante; según algunos, por su ineptitud manifiesta). De repente, la mujer en cuestión recuerda tan traumática situación y emite un tuit en el que lo cuenta todo. Alguna asociación feminista se apunta a la acusación y en cosa de pocos días, usted ya es 'trending topic'. La empresa, claro está, lo despide, y usted se da cuenta de que quince años atrás firmó su sentencia de muerte. Al paro por un tuit.

Creo que esta historia imaginaria refleja bastante bien el clima de linchamiento que esta generando una causa en principio tan noble como la del MeToo, que sirvió para poner en su sitio a un tipejo como Harvey Weinstein, pero también para acabar con la carrera de Woody Allen. Ahora todo hombre es sospechoso de haberle hecho algo reprobable a una mujer. Y el último caído a manos de la histeria colectiva lo tenemos en Barcelona, se llama Lluís Pasqual y ha tenido que presentar su dimisión porque, hace unos años, no fue muy amable con una actriz que se negaba a seguir sus instrucciones.

Ahora todo hombre es sospechoso de haberle hecho algo reprobable a una mujer

Que se sepa, Pasqual nunca ha abusado sexualmente de nadie, es hoy día uno de los cuatro o cinco directores teatrales europeos más relevantes y, además, fundó el Teatre Lliure, del que ahora se le desaloja. Da igual. Basta con un tuit rencoroso y la solidaridad de una entidad feminista con 800 socias -aunque se reúnen y solo aparecen veinte- para que se vea obligado a presentar la dimisión. Bueno, también hay que incluir en el asunto a ciertos directores que ambicionan su cargo -apuestan por un relevo juvenil, aunque alguno ya esté calvo-, y a un gobierno regional que le detesta por no ser independentista. Me pregunto quién será el próximo en caer.

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