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El sueño eterno

Gente que hace volar

Unos grandes almacenes de Londres dedicados a artículos de lujo venden un traje volador por 380.000 euros

LEONARD BEARD

Soñamos con volar desde que aprendemos a caminar. Los superhéroes vuelan para consolarnos de la frustración que nos provoca no ser capaces de hacerlo. A lo largo de nuestra historia como seres humanos, lo hemos intentado de todas las maneras imaginables y nos hemos pegado testarazos históricos. Algunos inventos funcionaron, eso sí, y nos permitieron superar nuestras propias limitaciones y soñar que todo era posible. Hemos inventado mitos sobre quienes soñaron por encima de sus posibilidades, como el de Ícaro, y metáforas sobre quienes nunca pierden la capacidad de hacerlo, como la de Peter Pan. Desde que Luciano de Samosata en el siglo II de nuestra era pensó que alguien podía volar con un buitre atado a un brazo y un águila atada al otro, muchos otros escritores lo imaginaron.

Hoy casi todos los sueños están en venta. También el de volar. No en aparejos más o menos complejos, sino a pelo, o más o menos. Desde la semana pasada, en unos grandes almacenes de Londres dedicados a artículos de lujo venden un traje volador que cuesta 380.000 euros. Funciona con gasolina, se propulsa gracias a seis turbinas de gran potencia y pesa 26 kilos. Gasta tanto que solo permite vuelos cortos, de cinco o seis minutos, a como mucho 3,6 metros del suelo. Alcanza los 50 kilómetros por hora. Es incómodo como las alas de Ícaro y la función es la misma.

Una carrera meteórica

La semana pasada, justo el día que se lanzaba el traje volador, conocí al primer director de vuelo de mi vida. Un hombre que cuando le preguntan a qué se dedica contesta: «Hago volar a la gente». Su nombre es Josep Maria Pruna y es el copropietario, junto con su hermano Ángel, de la empresa Flying FX, radicada en Arenys de Mar y dedicada, sobre todo, al mundo del espectáculo. La carrera de estos dos hermanos y su empresa ha sido meteórica. En solo diez años han pasado de admirar por internet a los referentes americanos del sector, como Tracy Nunnelly o Paul Rubin —conocido también como 'The Flying Guy'—, a trabajar con ellos codo con codo y convertirse en sus socios europeos. Socios que una vez al año vuelan a Chicago para hablar de todo alrededor de una barbacoa.

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Tengo la impresión de que en nuestro país los actores vuelan poco. No hemos producido nada parecido al ballet 'Peter Pan', estrenado en Broadway y premiado con un Tony, todo un festín de bailarines aéreos; o al musical, también basado en la obra de James Barrie, del mismo nombre; o la Mary Poppins también de Broadway, que terminaba con la actriz protagonista alzando el vuelo limpiamente sobre el patio de butacas, con gran estupor por parte de los espectadores adultos.

Hace poco conocí al primer director de vuelo de mi vida. "Hago volar a la gente", responde cuando le preguntan a qué se dedica

Aquí vuelan, sobre todo, los ángeles de Els Pastorets y de los belenes vivientes —muchos de ellos gracias a los hermanos Pruna—, volaban los intérpretes de Carles Santos en sus espectáculos —como en 'Chicha Montenegro Gallery', menudo festín, con todo y todos en el aire, ya saben gracias a quién—; se atreven a volar los Dagoll Dagom en casi todos sus espectáculos y —¡atención!— en la próxima temporada del Teatre Lliure volarán los protagonistas de 'Angels in America', de Tony Kusher, dirigidos por David Selvas.

Medidas de seguridad

Parece que en el cine se vuela más, o algo parecido. Los especialistas y los actores caen, salen despedidos, simulan gravedad cero o saltan hasta lo imposible gracias a los efectos especiales de gente como los Pruna. Todo envuelto en unas medidas de seguridad que ningún espectador debe sospechar. Me cuenta Josep Maria que hay quien les toma por soberbios por ser unos maniáticos de la seguridad. Pero él lo tiene claro: «Si yo no tengo el control, paso», afirma. En eso consisten también los sueños, ¿no? En experimentar la sensación de que caemos al vacío, pero sabiendo que al final no está el porrazo, sino el despertar.

El padre de todo esto se llamaba Peter Foy y fue un inglés nacido en Londres en 1925. El pionero —y un auténtico genio— de los efectos especiales de vuelo. Fundó la primera empresa del sector, muy bien llamada Flying by Foy —aún en activo—, y dedicó su vida a idear, diseñar y mejorar constantemente sistemas con los que conseguir una de sus mayores preocupaciones: que la ilusión permaneciera intacta, que los espectadores pudieran olvidarse de los cables, las poleas y los operadores y creyeran, ni que fuera por unos segundos, que Peter Pan vuela de verdad.

Un regalo, para terminar. Escriban esto en la barra de YouTube: «Paul Rubin The Fly Guy Aerial Ballet Peter Pan Oslo», pongan la imagen a pantalla completa y vuelen. Porque la belleza también nos permite elevarnos del suelo.

Temas: Teatro · Cine

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