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Dos miradas

Lanzmann

Ante el impresionante alegato de 'Shoah', cualquier acercamiento ficticio al horror nazi es un sacrilegio

DAREK DELMANOWICZ

En 1994, en 'Le Monde', Claude Lanzmann escribió una crítica feroz contra 'La lista de Schindler', de Spielberg. Consideraba que "la ficción es una transgresión" y que "realmente existe una prohibición de la representación". El Holocausto no se puede enseñar y menos si lo que se trata es provocar lágrimas que no son sino "una manera de disfrutar, una catarsis". También abominaba de 'La vida es bella' y de todas las películas que pretendían, bajo una capa narrativa, mostrar lo que es, por definición moral, opaco y oscuro. Cualquier acercamiento ficticio al horror nazi (o a otras abominaciones) es un sacrilegio. Esto pensaba Lanzmann, que solo salvó 'El hijo de Saúl', porque, de hecho, no enseñaba sino que dejaba que intuyéramos el horror.

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Él, que fue polémico, exagerado y altivo, puso sobre la mesa uno de los dilemas, éticos y estéticos, más interesantes del siglo XX. ¿Cómo se puede observar el Holocausto sin entrar en las cámaras de gas, que es el lugar de donde nadie salió para poderlo explicar, el lugar donde no se filmó nada? En 'Shoah', su impresionante alegato de más de diez horas, no hay ficción sino la palabra de los supervivientes, los carceleros, los indiferentes, los ciegos, los verdugos. La palabra y la nieve que cae sobre Auschwitz. En este puñetazo (aún lo es: el más contundente: frases sin acentos) no se construye una historia sino "algo más poderoso que todo esto".

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