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ANÁLISIS

Ser Japón o ser Corea

Los dos gigantes asiáticos vivieron historias opuestas en la última jornada de la fase de grupos

Los jugadores surcoreanos celebran el triunfo sobre Alemania ante un desolado Mario Gómez. / EFE / DIEGO AZUBEL

Japón y Corea del Sur, las dos grandes potencias del fútbol asiático, han protagonizado historias opuestas en la última jornada de la fase de grupos. Mientras los nipones lograron clasificarse para los octavos de final siendo los únicos no europeos ni americanos en superar la liguilla, los coreanos regresaron a casa tras la eliminación más dulce del campeonato.

Desde un punto de vista pragmático y presentado de esta manera, parece evidente quién nos gustaría ser si tuviéramos que elegir ponernos en la piel de uno de los dos. Pero si entramos en detalles, cuesta no quedarse con la gesta coreana, estéril para su presente pero probablemente merecedora de ser mucho más recordada en la historia del fútbol.

Otras gestas corenas 

El fútbol coreano siempre ha tenido una extraña capacidad para construir relatos que pasen a formar parte de la cultura popular de las grandes naciones europeas. El del sur y el del norte. En 1966, Italia vivió una traumática eliminación frente a un conjunto desconocido del que no se sabía nada: Corea del Norte llegó al Mundial de Inglaterra rodeada de curiosidad y oscurantismo, y contra todo pronóstico se clasificó para los cuartos de final derrotando a los transalpinos. Nunca antes un equipo asiático había superado la primera fase en una Copa del Mundo. Aquella debacle inesperada impactó tanto a la sociedad italiana que muchos años después fue incluida en la magnífica teleserie de Marco Tulio Giordana 'La meglio gioventù'.

Luego, claro está, llegó la Corea del Sur de 2002. Beneficiándose de arbitrajes polémicos, ese buen equipo dirigido por Guus Hiddink se cargó, de manera consecutiva, a Portugal, Italia y España, y Melendi cantó en un pegadizo hit veraniego aquello de "después de que Corea nos jodiera el Mundial...".


Es pronto para saber qué ocurrirá en el futuro, pero no cuesta adivinar que aparecerán productos culturales que harán referencia a la derrota que le supuso a la campeona del mundo Alemania el pasado miércoles en Kazán su primera eliminación en la fase inicial de un Mundial desde 1938. Un resultado especialmente inesperado porque Corea, su verdugo, empezaba el encuentro con escasísimas opciones matemáticas de clasificación, y anotó los dos goles cuando ya sabía que no tenía ninguna. Ahí residió la belleza de la gesta: compitieron por el honor y festejaron los goles como si estuvieran ganando la Copa del Mundo aun siendo conscientes de que les esperaba el avión de regreso en la puerta del estadio. Sabían que ganarle a Alemania era hacer historia, y que lo era más allá de contextos competitivos y de cálculos pragmáticos. En los bares de Seúl se seguirá hablando durante décadas de las paradas de Choo y de la carrera en solitario de Son hacia la gloria.

Celebrar la derrota

Japón, el día siguiente, se clasificaba escribiendo el cuento al revés. Festejando que seguía viva pero avergonzada por el extraño método elegido: conservar una derrota por la mínima ante la ya eliminada Polonia y esperar que en el otro partido Senegal no consiguiera empatar.

A mí me gustaría ser Corea.

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