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Retos ciudadanos del nuevo Sant Antoni

El ayuntamiento ha de hacer frente a la especulación urbanística, la gentrificación y al peligro de que el mercado sea sobre todo una atracción turística

Vista aérea del nuevo mercado de Sant Antoni de Barcelona.  / DANNY CAMINAL

Después de nueve años de obras y con un presupuesto total de unos 80 millones de euros, este miércoles se inaugura el renovado mercado de Sant Antoni, un centro neurálgico de la ciudad con una larga historia a sus espaldas, más de un siglo de actividad comercial (desde 1882) en el edificio diseñado por Rovira i Trias. Con 53.000 metros cuadrados en cinco niveles, contendrá menos puestos que antes y también un menor número de servicios de restauración, pero tendrá más amplitud, con un párking para los clientes, un supermercado, un gimnasio y un espacio vecinal. El mercado de Sant Antoni albergará, bajo la renovada cubierta de teja cerámica vidriada y polícroma y en las controvertidas marquesinas del perímetro, a los tres mercados tradicionales: el de productos frescos, el del comercio en general y el popular mercado dominical del libro. Una de sus características más remarcables será el foso medieval y los baluartes, recuperados en las excavaciones, en las que también se descubrieron restos de la Vía Augusta y mausoleos romanos.

Nueve años después, el barrio ha cambiado. Y estas es una de las preocupaciones principales que genera la apertura del mercado, paralela a la planificación de una supermanzana en esta zona de L’Esquerra de l’Eixample, con la "pacificación" (es decir, menor circulación de vehículos, mayor presencia peatonal y más zonas de ocio) de calles como las de Tamarit, Borrell y Parlament. Se juntan en este panorama de futuro la consideración de Sant Antoni como el nuevo barrio de moda, la creciente especulación urbanística y la gentrificación, y consecuente abandono de los vecinos habituales a causa de los elevados alquileres, la presencia de una nueva tipología de usuarios y, entre otros temores, el hecho de que el mercado se convierta en una nueva Boqueria, es decir, una atracción turística más que un espacio de convivencia ciudadana en el entorno de la cotidiana práctica comercial. 

La sólida tradición de muchos de los vendedores –los mismos, en esencia, que trabajaban en el antiguo mercado–, la vocación de mercado que expresan los responsables de la instalación y las llamadas reiteradas a preservar la identidad de barrio, se enfrentan a la imparable dinámica de los últimos tiempos. Los planes de usos implantados por el ayuntamiento y la voluntad de "gobernar la capacidad de atracción" del equipamiento deberían hacer frente a una hipotética pérdida de personalidad en una zona altamente afectada por los cambios que experimenta la ciudad. 

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