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El llavero del taxista

Un taxi circulando por las calles de Barcelona. / JORDI COTRINA

Un taxista me lleva a casa. Anochece y el aire chispea de lluvia. Bajamos por la Diagonal y las luces de las tiendas brillan con un 'flou' de película de Bertolucci en los 70. En las aceras, los visitantes del Mobile World Congress aprovechan las últimas horas del día, pasean y buscan un restaurante. Una idea de éxito empuja desde los nuevos comercios: Barcelona, ciudad sin crisis, ciudad de lujo, ciudad de alquileres imposibles. Una ficción atractiva para los visitantes con poder económico. Se oye un móvil, precisamente, y el taxista responde. Me doy cuenta de que es pakistaní, o hindú, y le oigo hablar en su lengua. Urdu, quizás, o bengalí. Me distraigo con la musicalidad de las palabras, esa cadencia distinta, y de pronto me parece entender “Leo Messi” en medio de una frase. Cuando cuelga, le digo sonriendo: “¿Leo Messi, eh?”. Me mira por el retrovisor sin entender nada y le explico que me pareció oír el nombre del futbolista. “No”, responde divertido, “hablaba sobre motor de coche”. Luego me dice que a él le gusta el criquet. 

Hablar más de una lengua es tener varias llaves en el mismo llavero, por eso me indignan los que critican y combaten la inmersión lingüística en Catalunya

Nos quedamos en silencio y pienso que vivimos todos en mundos paralelos y las lenguas -y con ellas el sonido de las palabras- son puertas que nos llevan de una realidad a otra distinta, de un barrio a otro igual que este taxi. Hace años, en el metro de Praga: oía el mensaje en checo, avisando de que se iban a cerrar las puertas, y en la frase me parecía entender que Kafka llevaba una mosca en la cornucopia. Me imagino al taxista escuchando las conversaciones de sus clientes, a veces sin entenderlas del todo: mientras saca conclusiones tan divertidas como surrealistas, está aprendiendo. 

Hablar más de una lengua es tener varias llaves en el mismo llavero, por eso me indignan los que critican y combaten la inmersión lingüística en Catalunya. No es una cuestión de igualdad entre ciudadanos: los sabios ya nos han avisado de los desastres que la diglosia tiene para el catalán y la igualdad es aceptar la discriminación positiva. No, lo que quieren es una sola llave y que además te abra todas las puertas. Es esa imagen de Mariano Rajoy en las reuniones del Consejo Europeo, monolingüe y solitario, tristón

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