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ANALISIS

La reconquista del Port Olímpic

Nada ha servido para evitar la degradación de una de las zonas más cutres de la ciudad, donde las normativas municipales parecen no existir

Vista aérea del Port Olímpic en Barcelona / MAITE CRUZ

La alcaldesa Ada Colau vuelve a acercarse a Pasqual Maragall. Y ahora puede haber encontrado el proyecto perfecto para afrontar un difícil y duro final de mandato: la transformación del Port Olímpic, una reforma integral que espera que le dé un poco de aire y un poco de paz en el Ayuntamiento. Pero también que le sirva de legado.

Si en el 92 Maragall ganó terreno al mar en beneficio de la ciudad, ahora Colau quiere poner al día ese proyecto. Se plantea reconquistar este territorio que el turismo más low cost y el ocio más salvaje han robado a los barceloneses. Pasar de los locales nocturnos, a los diurnos. Del gintónic de garrafón a la paella familiar y a la náutica.

En el Port Olímpic se puede ver la peor cara del turismo. Alcohol en exceso, un ocio nada cultural, carteristas, uso de la mujer como reclamo. La mayoría de los locales de la zona se anuncian con fotos de fiesta, bebida, chicas guapas y sonrientes y platos de marisco con mucho photoshop. Una imagen muy diferente a la realidad. Pasear por allí de noche invita a coger fuerte el bolso y caminar rápido. Por seguridad y por dejar de notar el intenso y constante humo del aceite refrito que se desprende de las chimeneas de los restaurantes. Un olor que dice mucho de la calidad y de la precariedad de las cocinas.

Mucho dinero y pocos resultados

Que el Port Olímpic es uno de los sitios mas cutres de la ciudad lo saben muy bien los vecinos. Se mudaron a un barrio nuevo, al lado del mar, pero llevan años presenciando desde los balcones cómo se degrada la zona. Han podido contemplar y denunciar escenas de sexo explícito, esquivar y oler excrementos y otros restos biológicos y escuchar gritos de peleas, algunas con resultado mortal.

El Ayuntamiento de Barcelona ha enterrado mucho dinero en forma de agentes cívicos que han servido de poco. Ha limpiado más y ha regado más el suelo para hacer más incómodo el botellón, ha puesto más iluminación, ha restringido la circulación, ha incrementado las patrullas de la Guardia Urbana, ha precintado locales y terrazas pero nada ha funcionado en esta zona donde las normativas municipales parecen no existir. Las medidas han paliado, pero no han revertido lo que se ha hecho mal. Se han dado licencias a locales que no las merecían y no se han hecho suficientes controles.

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Ahora aprovechando el final de la concesión, se quiere cambiar el modelo. Volver a la gestión pública. Habrá que ver si todavía hay tiempo. Si los clientes del Port Olímpic conquistarán otra zona de Barcelona o se irán a otra ciudad donde encuentren permisividad sin límites. 

Con el anuncio de la transformación del Port Olímpic he recordado las contundentes palabras que hace años me dijo una exconcejal de Ciutat Vella  sobre el Maremàgnum, entonces otra zona degradada de la ciudad. Decía que la única solución era derribarlo y hacerlo de nuevo. Esperemos que la reconquista del Port Olímpic no requiera soluciones tan drásticas y que esta herencia de Maragall se gestione mejor de lo que se ha hecho hasta ahora. El tiempo dirá si los que aspiran a ser los sucesores del alcalde olímpico se han ganado el mérito de serlo.

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