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La cara y la cruz del tatuaje

Ser uno mismo siempre es más aconsejable que intentar parecer otro


Si se consolida el frío es previsible que baje notablemente la visión de los tatuajes. Digo la visión, no la existencia, porque seguirán existiendo bajo las chaquetas y prendas informales del vestuario, especialmente de los jóvenes.

Confieso que los tatuajes no me gustan, aunque pueda admirar algunos por su diseño o sus colores. También respeto a quienes deciden tatuarse porque aspiran a reforzar públicamente su identidad. Me imagino que debe ser muy poco agradable encontrarse con alguien que lleva en el brazo un dibujo como el propio. La coincidencia de dos tatuajes iguales en un bar o en un autobús sería sin duda más incómoda que la coincidencia de dos corbatas con el mismo diseño y los mismos colores.

Pero lo que puede preocupar no es la estética sino la salud. Dice Antonio Madridejos que los elementos que componen la tinta de los tatuajes pueden viajar a través del cuerpo y llegar a los ganglios del sistema linfático. Resumo: ya hay una especie de lista negra de las tintas que no se pueden utilizar.

El uso del tatuaje ya se encuentra en tiempos muy antiguos y perdura en muchas comunidades tribales. Un tatuaje es un carnet de identidad. Si repasamos una colección de imágenes de tribus de países exóticos veremos que la diversidad es notable en cuanto al vestuario y especialmente los colores. Colores que se reparten por los pechos, por las piernas, por la superficie de las caras. Son más que unos detalles cromáticos, son una señal de pertenencia.

En los países evolucionados, como el nuestro, llevar un tatuaje no es un signo de pertenencia a un grupo. Al contrario. Suele ser una señal voluntaria de individualidad. Mírame. Yo soy este (o esta). Y un día puedes decidir que aquel tatuaje te estorba, quizá porque una chica te ha dicho que no le gusta.

Ser uno mismo siempre es más aconsejable que intentar parecer otro. 
 

Temas: Tatuajes · Jóvenes

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