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Industrias culturales: un gran activo más allá de las cifras

Las industrias culturales crean riqueza y empleo. Pero el valor de la cultura no solo reside en el retorno económico del gasto o de la inversión; la cultura representa también una fuente de creatividad, innovación y bienestar individual y colectivo

RICARD FADRIQUE

¿A quién le importa la cultura? La cultura importa a creadores, artistas, intérpretes o autores vocacionales que consagran su vida al arte y a la creación en múltiples manifestaciones. Para que sus obras lleguen a la audiencia surgen mercados y aparecen así las industrias culturales que organizan a editoriales, productoras audiovisuales, compañías discográficas, galerías o teatros. En otras ocasiones, es más conveniente la provisión pública de servicios culturales y confiamos en que las instituciones públicas sean las titulares de bibliotecas, de elementos del patrimonio cultural y quienes programen actividades culturales.

En ambos casos, la actividad cultural en España ha sufrido las consecuencias negativas de la crisis de la pasada década, enfrentándose a la vez a los efectos disruptivos de la digitalización y a profundos cambios sociales. Las tecnologías digitales lo están cambiando todo: surgen nuevas manifestaciones y nuevos hábitos, se desmaterializan los soportes y se pueden generar multitud de contenidos susceptibles de llegar a públicos globales, facilitando la generación de nuevos modelos de negocio. En el mundo de las plataformas, conviven nichos de mercado pequeños con grandes superestrellas globales, coexisten pequeñas empresas con una notable habilidad de adaptación al entorno, capaces de ofrecer productos únicos, con grandes corporaciones que desafían constantemente los límites tolerables de la concentración en el mercado.

El sector cultural y de contenidos, las industrias culturales, generan empleo. En el año 2016, el número de trabajadores culturales en España era de 544.700, lo que representa un 3% del empleo total y casi un 6% más de trabajadores respecto al año anterior. Los trabajadores de la cultura tienen, en promedio, más formación acadé́mica, con un 67,5% de titulados en educación superior, frente al 42,1% del total de la economía. El trabajo cultural desarrolla tareas creativas y se considera que estará menos expuesto a los riesgos de la automatización que parecen amenazar el futuro de muchos trabajos.

En el año 2016 había en España 114.099 empresas cuya actividad económica principal estaba vinculada a la cultura, casi un 2% más que el año anterior, con un peso en la economía del 3,5%. Se trataba, en muchos casos, de pequeñas empresas o emprendedores en solitario (el nivel de empleo autónomo es mayor en el sector cultural, con el 28,6%, frente al 17% del agregado). Esto se asocia a unos mayores índices de emprendimiento (a veces involuntario) en el sector y supone una forma de organizar el trabajo que anticipa lo que se espera sea una realidad extendida a muchas otras actividades profesionales.

Las actividades culturales y creativas contribuyen a la actividad económica. Las estimaciones para el 2015 indican una contribución del 2,5% y del 3,3% respectivamente al valor añadido bruto generado en España (la contribución de la industria de la alimentación, bebidas y tabaco es del 2,9% y la de las actividades financieras y seguros, del 4%).

Por último, la cultura interesa a ciudades, regiones y países que utilizan los valores simbólicos de su patrimonio cultural y de su actividad artística como factor de desarrollo económico, como recurso en sus estrategias de diplomacia cultural y como activo diferenciador para posicionar sus territorios como destino turístico. En el año 2016, el 6,8% de los viajes por ocio de residentes en España fueron principalmente por motivos culturales; el porcentaje sube al 12,5% en el caso de los turistas internacionales que vinieron a España. Los elementos del patrimonio cultural material e inmaterial configuran el atractivo de los lugares, siendo uno de los factores que determinan la competitividad de las regiones en un entorno global.

¿Cómo se sostiene?

Las familias españolas destinaron en el 2016 un total de 14.099,4 millones de euros a la compra de bienes y servicios culturales, lo cual representó un 2,7% de su gasto total y fue un 7% más alto que en el año anterior. Esta cifra se coloca muy por encima del gasto en cultura de las administraciones públicas que, en el 2015, se situó en los 4.770 millones, casi un 30% menos que en el 2010. La producción y el fomento de la cultura depende de los subsidios de las administraciones públicas, pero también de las contribuciones del sector empresarial (grandes empresas del país que vehiculan sus actividades de mecenazgo a través de fundaciones) y de la sociedad civil (micromecenazgo) para la financiación de la cultura. Estas contribuciones, todavía escasas, dependen, en gran medida, de marcos regulatorios y regímenes favorables a la inversión privada.

La crisis económica golpeó al gasto de las familias (su renta disponible cayó, la tasa de desempleo se disparó) y al de las administraciones públicas. Además, la crisis financiera transformó radicalmente el panorama de las entidades financieras, con la desaparición de uno de los agentes claves en la financiación de la cultura en España: las cajas de ahorro. Esta debilidad financiera del sector contrasta con el rol de las industrias culturales y creativas en la economía española.

La contribución económica de la cultura a las ciudades es también evidente en muchos países, entre ellos España. La cultura, a través de equipamientos, ferias, festivales o eventos culturales de diversa índole, ha ayudado a catalizar la renovación urbana en algunas ciudades y ha fortalecido las economías de la ciudad a través del turismo y de las industrias culturales creativas. En el ámbito de la música, por ejemplo, en el 2016, 22,2 millones de personas acudieron a conciertos, grandes festivales y macroconciertos (223.460 personas más que en el 2015), generando una recaudación de 224,5 millones de euros, lo que supone 24,3 millones má́s en relación al año 2015. Los estudios sobre el impacto económico de equipamientos culturales, como museos, o de festivales de música, entre otros, coinciden en la generación de oportunidades de inversión, de nuevos negocios y puestos de trabajo, de adquisición de habilidades, del legado que suponen en cuanto a equipamientos e infraestructuras, o de los beneficios derivados del propio patrocinio, entre otros. El sector cultural promueve también la industria turística: en el 2016, el turismo cultural en España generó un total de 15.906,1 millones de euros, un 8% más que en el año anterior.

¿Quién se beneficia de la cultura?

Pero el valor de la cultura no solo reside en el retorno económico del gasto o de la inversión en cultura. De ser así, correríamos el riesgo de que su valor estuviera ligado a su posición en un ránking económico. Si bien es uno de los argumentos que sirven para reivindicar su lugar en el panorama social y económico, no debemos perder de vista que la capacidad transformadora de la cultura demuestra su potencial en dimensiones muy diferentes a la creación de puestos de trabajo o de contenidos susceptibles de ser comercializados en entornos globales. Los contenidos culturales son simbólicos y nos transmiten valores. En ocasiones, son valores que nos identifican con nuestro grupo; en otras ocasiones, son valores transgresores e incómodos que nos enfrentan a nuevas realidades. En cualquier caso, el proceso de creación y de disfrute de contenidos culturales pueden cambiar nuestras percepciones, actitudes y comportamientos.

En este sentido, debería abogarse por que la cultura, la creatividad y los valores simbólicos y compartidos del patrimonio cultural estuvieran presentes en muchas más dimensiones sociales y económicas, partiendo de la educación formal y pasando por el diseño de productos de consumo identitarios hasta los sistemas sanitarios y de cuidados.

Fuente de bienestar

Dado que los estándares de conteo en la economía son deficientes a la hora de medir la contribución social de muchas de las actividades que quedan fuera del mercado (introduciendo, por ejemplo, importantes sesgos en la valoración de la contribución de las mujeres a la riqueza y bienestar de la sociedad a través de los cuidados) no podemos confiar en que la métrica del gasto o del efecto multiplicador del gasto sean capaces de valorar la centralidad de la cultura en la vida de los individuos y las sociedades. La cultura nos puede llevar a disfrutar de mayor bienestar, no solo por su capacidad de atraer turistas sino también por sus efectos beneficiosos en la vida de las personas, por su contribución al aprendizaje a lo largo de la vida y por la generación de más cohesión social. Por eso, al situar a la cultura en una posición central, disfrutamos de los valores instrumentales de la cultura para ser mejores ciudadanos, preparados para aceptar y comprender nuevas realidades y para tener canales para que nuestros puntos de vista e intereses se vean reflejados y contribuyan al cambio social.

La cultura representa, pues, no solo un gran activo económico, sino también una importante fuente de creatividad, innovación y bienestar individual y colectivo.

Tanto en España como en el resto de Europa, el potencial de estas industrias continua poco explotado, y se ve comprometido por cambios en las tecnologías digitales, en los marcos regulatorios y por la existencia de regímenes fiscales poco favorables a la inversión privada en estas industrias. 

Liberar el potencial de estas industrias, en palabras de la Unión Europea, supone, además de reconocer y promover la contribución económica de las industrias culturales y creativas, promover la creatividad de las sociedades y afirmar las distintas identidades de los lugares en los que éstas florecen. Más allá de los beneficios económicos, las industrias culturales y creativas generan valores no monetarios que contribuyen, de manera significativa, a un desarrollo sostenible, inclusivo y centrado en las personas.

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