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El Mayo de Gucci

En la revuelta de París, el capitalismo se dio cuenta de que la libertad individual era el filón a explotar. La voluntad de emancipación colectiva quedó atrás.

Obreros de Rhodia se manifiestan contra los despidos, en 1967.

Gucci se inspira en el Mayo francés para la campaña de su colección cápsula de primavera –#GucciDansLesRues– y vende 'outfits' de contestatario de la 'Rive Gauche' a 7.000 euros. ¿Un giro muy loco del equipo de márketing? Hay quien sostiene que es la versión avanzada de aquella erupción estudiantil. Fue entonces cuando el capitalismo se dio cuenta de que rebelarse, vendía (¿recuerdan a Don Draper reciclando el mensaje 'hippy' en el 'Hilltop' de Coca-Cola?).

 

 

 

 

 


La 'nueva izquierda' con cuello Mao debilitó en 54 días el empeño en lo colectivo de la 'vieja izquierda'. La reclamación de identidad –individual, cultural y sexual– colonizó la escena, y el mercado se aprestó a instalar la bomba extractiva sobre el yacimiento de la subjetividad, explotando con ahínco la idealización de la juventud y la exaltación de la diversión. "'Prohibido prohibir' y 'Haz lo que quieras' no son objetivos faltos de atractivo –admite el historiador británico Tony Judt en 'Algo no va bien'–, pero se trata de fines esencialmente privados".

Fue el principio del fin del estado de bienestar que se había consensuado tras la segunda guerra mundial. Pasado el fotogénico 'événement', bajo los adoquines estaba... la producción y el consumo de bienes y servicios.

El vaticinio de Aron 

Pero rebobinemos. Días después del estallido del Mayo del 68, el liberal Raymond Aron, totémico profesor de Filosofía de la Sorbona, definió la protesta como "un carnaval". Se le echaron encima, pero la realidad le dio algo de razón: los comunistas y los sindicatos perdieron el guion y los conservadores moderados, instigados por De Gaulle, se aprestaron a rebajar la justa indignación de los obreros con una mejora salarial del 27%. "Tendremos –vaticinó Aron– un gaullismo aún más duro".

El 30 de mayo –¡de ese año!– un millón de franceses tomaban los Campos Elíseos, entonando con sentimiento 'La Marsellesa', para apoyar al ultranacionalista general. Su partido obtuvo una abrumadora victoria en las legislativas (el 44,46% de los votos) y, ale hop, el comunismo se convirtió en la peste negra. Pero la imaginación no llegó al poder. "Como mucho –explica el sociólogo Edgar Morin, testigo presencial en Nanterre y en París y hoy referente del pensamiento complejo–, algunos partieron hacia una vida rural y comunitaria, con cría de cabras incluida".

 

 

 

 

 

Ninguneo histórico

Rebobinemos algo más. Concretamente, a febrero de 1967. Más de 3.200 obreros de la fábrica Rhodiaceta de Besançon se plantaron contra los despidos y en favor de unas condiciones laborales que no les arruinaran la salud. La rabia se propagó a otras filiales, 300 policías sacaron la porra y el 'incendio' se propagó. Lyon Vaise, Lorraine, Ducellier, Renault, Jeumont-Schneider, Glaenzer...

En diciembre millones de trabajadores se lanzaron a la calle contra la precariedad y el trato degradante. Pero, entre que aquellos hombres y mujeres daban pavor al 'establishment' y que no tenían el glamur insolente de los estudiantes, el relato hegemónico se encargó de que no se conmemorara el 'febrero del 67'.

Estremecimiento simbólico

Pierre Bourdieu, el fallecido 'enfant terrible' de la sociología francesa, que rompió con su maestro Raimond Aron por oponerse al activismo, definió el Mayo francés como  "un gran estremecimiento del orden simbólico" sin consecuencias políticas. "Fue tan excesivo y utópico que se pagó caro en todas partes –insistió–;  hubo un fuerte retorno de los conservadores extremos y de los intelectuales dogmáticos".

Bourdieu, que no hablaba de oídas, negó que los jóvenes de las fábricas unieran sus manos con las de los estudiantes. "¿Obreros y alumnos de la Sorbona mezclados? ¡Pero qué dice! ¡Esos estudiantes nunca fueron de izquierda!", explotó a cámara con los ojos en blanco, como si le hubieran hablado de mezclar agua y aceite. "Eran autoritarios, sectarios, acostumbrados a decir siempre la última palabra". Pensaban que las mujeres y los inmigrantes podían salir en las fotos, "pero no dirigir el movimiento". Tampoco le sorprendió la evolución de aquellos cachorros burgueses a mandarines de la República. 

Ahí van algunos casos. Daniel Cohn-Bendit, el sardónico 'Dany el Rojo', tuvo su etapa verde y hoy es un decidido partidario de Emmanuel MacronRomain Goupil evolucionó de militante trotskista a 'neocon' –"no soporto ver a un militante político, son como los exalcoholicos", llegó a confesar– y se posicionó a favor de la guerra de Irak, como los también 'soixante huitards' Pascal Bruckner y André Glucksman (este último respaldó en el 2007 a Sarkozy, el presidente que exigió acabar de una vez por todas con el legado del Mayo francés, culpándole de "imponer el relativismo moral" y de "promover la deriva del capitalismo financiero").

Otros cambios de tercio

Luego están Bernard-Henri Lévy, que pasó de las ubres del maoísmo a ser un filósofo mediático con casoplón en Marrakesh que defiende la política de Israel y apoya a Macron. O Alain Finkielkraut, que viró de maoísta libertario a proamericano y ultrasionista, criticando la elección de Sadiq Khan a la alcaldía de Londres y dando apoyo a un Roman Polanski en horas bajas. O Alain Geismar, secretario del sindicato de estudiantes, que apoyó que Dominique Strauss-Kahn entrara en la carrera presidencial del 2012, y ha confesado que el Mayo francés prendió por "la prohibición a los chicos de entrar en los dormitorios de las chicas de la facultad de Nanterre". Y suma y sigue. 

Es razonable cambiar de parecer. Lo curioso es que buena parte de los chicos del Mayo francés cayeran cerca del Elíseo. Morin ha formulado una tercera vía:  "Aquello fue más que una simple protesta, pero menos que una revolución". Quizá sea lo más ecuánime.
 

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