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FENÓMENO SOCIAL

El trap: pistas para que lo entiendan los adultos

Tras el rap y el reggaeton, este género musical de origen estadoundiense arrasa entre la juventud española ante el desprecio, el desconcierto y la preocupación del mundo maduro

JMG CABALLERO

En el centro de la centenaria sala Apolo de Barcelona hay una jaula rectangular de cuatro metros de altura. Encaramado a lo alto, un chaval con los pantalones rajados y varios tatuajes en torso y cara centra toda la atención del público. Su amigo Hakim grita: «¿'Kien sa follao tu bitch'?». Mil jóvenes responden a la vez: «¡Yung Beef!». Yung Beef, el trapero subido encima de la jaula, remata la escena con sorna: «Es mentira». La gente ríe y sigue bailando con unos espasmos elásticos, como cayendo 'p’arriba'.

El granadino Yung Beef protagonizó días atrás la ceremonia de consagración del género más desconcertante, arrollador y controvertido que pasea por nuestras calles. Y Yung Beef no es un caso aislado. La Zowi actuaba días atrás ante un millar de espectadores en el club Fuego, el dúo Kinder Malo y Pimp Flaco se codea con Berto Romero y con el gran público desde la película 'Algo muy gordo' y C. Tangana es ya el primer fenómeno mediático del género.

Lo que parecía una moda pasajera más está generando un circuito de conciertos y, en algún caso, festivales como el Tag Music Fest, que se celebró en diciembre en el polideportivo Wizink Center de Madrid, y donde participaron dos de las mayores estrellas del trap: el granadino Dellafuente y el madrileño C. Tangana. Los publicistas son conscientes de que el trap es la ola del momento. Tanto, que la última campaña de la firma de relojes G-Shock fue una serie de conciertos con Recycled J, Kaixo, P.A.W.N. Gang y Denom, entre otros artistas.

El nuevo idioma de la juventud

El trap es eso que escuchan los chavales del parque con el móvil conectado a los altavoces. También, lo que suena en las discotecas del Port Olímpic. Trap es lo que hace Lory Money cuando canta sobre el procés en 'Independent'. Y el ritmo sobre el cual se ha viralizado el clip 'Velaske, yo soi guapa?'. El trap es la última lengua franca de la juventud, un idioma que absorbe giros del reggaeton, que mezcla el acento andaluz con la jerga latina, que hace que el rap parezca algo antiguo y que relata la vida en los barrios y extrarradios de la gran ciudad.

La Zowi, en la sala Razzmatazz. / ALUAY ALBASHA

En los últimos cinco años, se ha asentado como una de las músicas urbanas con más aceptación

En cinco años, este género de raíz estadounidense se ha asentado como una de las músicas urbanas con mayor aceptación (aún a distancia de estilos más transversales y consolidados como el rap y el reggaeton). Y, lo que es más significativo, ha heredado todas las objeciones y aversiones que generaron en su día estos otros estilos. Es una música eminentemente juvenil que tiene en guardia a los adultos justo en esta época en la que internet y las redes sociales han ampliado la brecha generacional hasta límites casi insalvables. Pero, ¿qué tiene el trap que incomoda tanto al público adulto? Pues… casi todo.

Motivos para odiarlo

Quienes odiaban el rap con el argumento de eso no es música sino un tío hablando pueden odiar el trap por idénticos motivos. Incluso los fans del rap pueden odiar el trap porque las rimas suelen ser menos elaboradas. Quienes en su día odiaban el uso de sintetizadores con el argumento de eso no es un instrumento, la música se hace sola también pueden odiar hoy el uso intensivo que hace el trap del efecto 'autotune' para modificar la voz. Quienes odiaban el punk porque no saben tocar pueden odiar el trap porque no saben cantar.

Existe también una creciente preocupación por el mensaje que lanza el trap: la apología del consumo y tráfico de drogas, la glamurización del gangsterismo que también acarrean teleseries como 'Narcos', el materialismo, la cosificación de la mujer, a la que a menudo se presenta como un trofeo más... Son valores que han aparecido anteriormente el blues, el rock, la psicodelia, la rumba, la salsa y el reggaeton. Nada nuevo bajo el sol, aunque el trap los exponga de forma muy explícita y descarnada, solo comparable al rap gángster de los 80.

Ya hay quien teoriza que el trap ha derribado la barrera que separaba lo hípster de lo choni

El trap, como todas las músicas surgidas en entornos desfavorecidos, es un grito de socorro y un espejo de la realidad. Cuando apareció a finales de los 90 en Atlanta, describía un contexto concreto: el del narcotráfico enbarrios marginales. El trap es como la serie 'The wire', la representación de una realidad. Podemos escandalizarnos por la ficción o preocuparnos por la realidad. Podemos censurar el discurso del trap o preguntarnos porqué en el Raval cada día es más habitual encontrar gente pinchándose en la calle.
Y, en todo caso, en la música es peligroso generalizar. Porque, ¿de qué hablamos cuando hablamos de hip-hop? ¿Del rap festivo y comunitario de las fiestas en los bloques, del rap político y concienciado de Public Enemy o del rap gangster y misógino de Geto Boys? Y, de igual modo, ¿de qué hablamos cuando hablamos de trap? ¿De un chaval que vacila de las drogas que vende y consume o de otro que en su habitación produce ritmos alucinantes? ¿Del trap con conciencia de clase de Dellafuente o del trap feminista de Las Vvitch?

El infierno en tu ciudad

Volvemos a la sala Apolo. Ha pasado media hora y el desconcierto es absoluto. Yung Beef ha ordenado apagar las luces. Grita como un condenado pero no se entiende nada. Está jurando en arameo actual. Parece decir, ¿y vosotros cómo os lo hacéis para aguantar en este mundo? La música es estridente y saturada. El ambiente es irrespirable. El público mira a lo alto de la jaula, móvil en mano, entregado al ritual. No debe existir escenificación más aproximada del infierno que este apocalíptico apoteosis trap. Yung Beef se parece bastante a Satán.

Sus referencias a las drogas son constantes tanto en las canciones como en los comentarios entre canciones. «¿Quién de aquí fuma 'gelato'?», pregunta al público. También expone las maravillas del sedante Xanax y alardea de su habilidad para vender cocaína. Podemos creer ciegamente en sus palabras. Podemos creer que es parte del personaje. Podemos lamentar que la juventud se sienta atraída por este tipo de mensajes. Pero también podemos repasar el contenido de títulos de la Velvet Underground como 'I’m waiting for the man' y 'Heroin', considerados hoy clásicos indiscutibles de la música de siglo XX.

En esa furibunda actuación, podemos intuir incluso una réplica del punk. Descamisado y seco en lo alto de la jaula, Yung Beef recuerda al mismísimo Iggy Pop cuando, en los tiempos más oscuros de Detroit, berreaba 'Search & destroy' y 'No fun' y confesaba tener el corazón «lleno de napalm». Lo más llamativo del caso es que entre el público de Apolo abundan los modernos de toda la vida. Yung Beef canta a los chavales del Raval, pero lo que predomina aquí son jóvenes de clase media enganchados a las tendencias. Ya hay quien teoriza que el trap ha derribado la barrera que separaba lo hípster de lo choni. Sobreexcitado por poder codearse un rato con el lumpen, un moderno bromea con su amigo en la entrada de la sala: "Vigila hoy, que no te quiten la cartera".

Pese a su origen marginal y sórdido, el trap ha atraído también a la industria. Periodistas y publicistas siguen atentos el progreso del género con un entusiasmo que contrasta con su escaso interés en escenas paralelas y mucho más populares como el rap con conciencia política que está arrasando aún más en España. Solo un día antes, el gallego Hard GZ metía en Apolo muchísimos más chavales,  mucho más jóvenes y muchísimos menos invitados. Sin embargo, la presencia de medios y marcas interesadas por este otro fenómeno fue nula.

Derribando barreras

El músico y ensayista estadounidense Ian Svenonius sostiene que el rock jamás significó rebeldía. Solo fue entretenimiento juvenil decorado hábilmente para que artistas y público creyeran estar yendo a la contra del sistema. El rock, por lo tanto, no sería una contracultura sino la banda sonora del capitalismo. En la estela de tantos géneros de apariencia rupturista y trasfondo continuista, el trap perpetúa esa dualidad. Por lo menos, el astuto Yung Beef ya lo asume. Cuando en un programa de Los 40 que patrocina Vodafone le preguntaron por el día que desfiló en París para las marcas Pigalle Hood By Air, dijo: «Como soy satánico, ahí me siento en conexión con el infierno. En la pasarela notas al demonio al 100%. Todo lo malo que hay en el mundo, puesto en un pasillo».

Tal vez en la rumba quinqui, en la salsa, en el punk y en el rap gangster había más conciencia de clase

El trap ha derribado numerosas barreras. Una de ella, la racial. Su adaptación a España se ha enriquecido con la influencia de ritmos latinos como el reggaeton, el dembow y el trap latino. No solo eso, grupos como los granadinos Kefta Boyz incluían miembros de origen magrebí. El trap ha atrapado a jóvenes españoles de familias migrantes y, a su vez, absorbe y refleja todas esas culturas. Ese cóctel desemboca en letras que mezclan jerga dominicana, anglicismos, palabras árabes y spanglish de cosecha propia. Un trabalenguas muy difícil de descifrar.

Precisamente, uno de los mayores logros del trap español es su infinito argot, su desprecio por las normas gramaticales, léxicas y sintácticas y todo un universo ortográfico al lado del cual las kas y las as con el círculo anarquista del rompedor punk son puro reformismo. Hace falta algo más que intuición para descifrar el significado de títulos como 'Hxxdlx', 'Cute (≧◡≦)' y '<3'. El trap no solo es el escaparate de un argot desbordado de expresiones que a un adulto le sonarán a chino ('esquiar', 'josear', 'pimpear', 'pinki', 'molly', 'goofy'…), sino que explota al máximo las contracciones, deformaciones y emoticones con que se comunica la juventud vía móvil. Todo ello ensancha al infinito el abismo más infranqueable de cuantos ha alzado el trap: el generacional. Aunque no te guste el rap puedes entender sus letras. Las del trap, en cambio, son de otro planeta.

 

Y, por supuesto, los límites que ha derribado el trap español es el técnico. Aunque la deuda de los artistas locales es evidente con los pioneros del género estadounidense, la tecnología ya les permite trabajar desde una habitación en igualdad de condiciones. Producen música con una habilidad y a una velocidad impensables en cualquier escena musical anterior e incluso reciben encargos del extranjero. Son nativos digitales con una capacidad insólita para operar con total autonomía en este nuevo contexto creativo de portátiles, tarjetas de sonido o simples móviles. Jóvenes preparados para sortear a la industria discográfica y buscarse la vida en Youtube y demás plataformas digitales, los escaparates del trap por excelencia donde sus canciones son vistas por millones de jóvenes sin tener que esperar el visto bueno del empresario veterano de turno.

De vuelta a la jaula

Ha pasado ya más de una hora y el público sigue entregado al ritual infernal de Yung Beef y su jaula. Hacía tiempo que no se veía a tantísima gente en Apolo desafiar la prohibición de fumar. «Y si nos meten presos, nos sacamos la ESO», ha soltado el granadino. Algo parecido podrían haber cantado Los Chunguitos hace 40 años. Una noticia de 'La Gaceta Ilustrada' recuperada en esa época: «Jóvenes españoles entre el porro y el paro. La delincuencia aumenta, las fugas de los hogares paternos son cada vez más frecuentes y la busca del primer emple es cada vez más angustiosa». Tal vez en la rumba quinqui, en la salsa, en el punk e incluso en el rap gangster había más conciencia de clase, pero tampoco se puede pretender que el trap fomente los vínculos sociales. No en una época de culto extremo al individualismo inculcado por tierra, mar y aire.

 

Acorralado entre la espada y la pared que representan, por un lado, una precariedad laboral sin parangón en ninguna otra época y, por otra, eso que la filósofa Marina Garcés denomina el monopolio ideológico del consumo, el trap es una hipérbole del materialismo, la glorificación de las drogas y la fascinación por el sexo que, a menudo, presenta a la mujer como otro objeto a conquistar y poseer. Comprar, colocarse y follar: la trilogía del nuevo nihilismo. De nuevo, no es la música la que inventa estos conceptos, sino la que los reproduce y los naturaliza, asumiendo, sin explicitarlo, que no merece la pena luchar por nada en este mundo en el que toda una generación ha nacido condenada al fracaso.

Quizá el trap sea exactamente eso que representó Yung Beef en la sala Apolo: un veinteañero gritando en lo alto de su jaula. Una jaula que simboliza el futuro de mierda que le tiene asignado esta sociedad. Una jaula que simboliza incluso esa civilizada ley de la selva capitalista que el trap no quiere cuestionar ni combatir. Una jaula a la que prefiere encaramarse con una actitud desafiante y entregada, orgullosa y casi suicida.


De la trampa al trono, recorrido por la historia del trap

Surgido en Atlanta (Estados Unidos) a finales de los años 90, el trap ha traspasado fronteras y ha sido adoptado por reggaetoneros latinos y estrellas como Beyoncé.

Es un subgénero del rap, que formalmente se caracteriza por estructuras musicales sintéticas que ya no se obtienen sampleando viejos vinilos sino programando secuenciadores como el Roland 808. El patrón rítmico se aferra a la figura rítmica del tresillo, que altera la manera tradicional de rapear del hip-hop y obliga a contraer las sílabas. El efecto ‘autotune’ que robotiza la voz acaba de darle su aspecto distintivo. En cuanto a las letras, el tema central es el mundo de las drogas. ‘Trap’, en inglés, significa trampa y en jerga denomina los agujeros o puntos donde se trafica.

El trap abrió una brecha en el circuito de las músicas urbanas de EEUU con la llegada del nuevo siglo y gracias al éxito de raperos como Young Yeezy, Gucci Mane y T. I. a los que se empezó a denominar 'trap rapers'; es decir, expertos en rapear sobre drogas. Precisamente T. I. bautizó su segundo disco como ‘Trap muzik’ (2003). Lo que solo parecía una mutación anecdótica del rap gangster californiano de los años 80 y el agresivo crunk sureño de los 90 que enarboló el rapero de Atlanta Lil Jon, cobraba entidad propia y ya rivalizaba con el género padre en igualdad de condiciones.

 

Aun teniendo origen estadounidense, el trap ha encontrado en el circuito latino uno de sus altavoces más entusiastas. En Puerto Rico, el principal vivero del reggaeton, la última hornada de artistas urbanos se han pasado en masa al trap. Es el caso de Bad Bunny, Farruko, De La Guetto, Anuel AA, Ñengo Flow, Almighty, Ozuna y tantísimos más. La mayoría han actuado en Barcelona, aunque en discotecas para el público latino como Safari Disco y Up & Down.

La creciente popularidad del trap ha provocado que numerosas estrellas hayan coqueteado con el género. Beyoncé fue de las primeras en saborear sus magnéticos efectos y acercar el trap al gran público. El trío de Atlanta Migos se encaramó a lo más alto de las listas de ventas de su país con el ‘single’ ‘Bad and boujee’, rivalizando con el mismísimo Ed Sheeran. El último ‘single’ de Shakira, a dúo con el reggaetonero Maluma, tiene un título inequívoco: ‘Trap’.



 

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