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ENTREVISTA

Kevin Lacz: «Matar terroristas me hizo sentir como un futbolista al meter un gol»

Kevin Lacz, la pasada semana, en un hotel de Madrid donde tuvo lugar la entrevista. / DAVID CASTRO

Formó parte del grupo de operaciones especiales más exigente del ejército estadounidense -los temibles SEAL-, participó en la guerra de Irak, vio morir a compañeros y por la mirilla de su fusil observó cómo se desangraban los cuerpos de los insurgentes que acababa de derribar de un tiro.

El perfil

Iba para médico, pero los atentados del 11-S le hicieron abandonar la universidad y enrolarse en el ejército. Pensaba hacerse marine, pero el día que fue a alistarse vio un cartel de los SEAL, el cuerpo de operaciones especiales, y se inscribió. 

Tras superar los duros  entrenamientos se convirtió en Dauber, el sobrenombre con el que participó como francotirador y ayudante médico en la guerra de Irak. En el verano de 2006 demostró sus habilidades con el fusil en Ramadi y dos años más tarde en la frontera sirio-iraquí. 

Amigo y compañero de Cris Kyle, en cuya vida está basada la película ‘El francotirador’. Ayudó a Clint Eastwood a documentar el filme y formó parte del reparto. Hoy vive con su mujer y sus dos hijos en Florida.

Con esas credenciales, esperas encontrarte a un tipo duro, un sociópata turbio y arisco, pero sentado en un hotel madrileño junto a su esposa, con quien ha escrito el libro donde relata su experiencia militar, -'El último francotirador' (Crítica)-, Kevin Lacz podría pasar por un feliz turista norteamericano más de excursión por Europa. Afable, de sonrisa fácil y modos suaves, el soldado que asesoró a Clint Eastwood para armar su película 'El francotirador', en la que él mismo aparece, solo te inquieta cuando te mira -no te mira, te atraviesa con los ojos- y te habla. Él no habla: dispara reflexiones compactas y cerradas como balas. Un francotirador no duda.

Tras el 11-S, decidió alistarse en el ejército. ¿Qué pasaba por su cabeza en ese momento? Mi única idea era matar a todos los terroristas que pudiera. El 11-S me tocó muy de cerca, un buen amigo de mi padre murió en las Torres Gemelas. En aquellos días yo era un estudiante universitario, pero vi muy claro que mi obligación era defender a mi país del terrorismo. Sesenta años antes, mi padre se había alistado tras el ataque a Pearl Harbor. Entendí que ahora le tocaba a mi generación hacer lo mismo. Creía que me mandarían a Afganistán pero al final me enviaron a Irak. No me importó, porque aquello estaba lleno de terroristas y pude exterminar a muchos, que es lo que más deseaba.

Cuando uno toma una decisión así, ¿valora que puede costarle la vida? Por supuesto, sobre todo cuando eliges ser un SEAL, como hice yo. Desde el primer día asumes que tu vida va a estar en juego, pero a continuación apartas esos pensamientos de tu mente, porque si no te paralizan, y en una situación de guerra no puedes permitir que te ocurra algo así. El miedo es real, lo puedes tocar, pero has de impedir que te bloquee.

¿Recuerda el momento en que ese miedo estuvo más cerca de dominarle? Clarísimamente: el 2 de agosto de 2006, el día que mataron a mi compañero Mark Lee. Después de luchar durante horas con el enemigo, ya de vuelta a la base, acompañé a Mark en sus últimos minutos de vida. Ahí ya no me encontraba en peligro, pero de pronto me sentí muy vulnerable, más que nunca en mi vida. La bala que se llevó por delante a mi amigo podría haberme matado a mí.

¿Llegó a plantearse la retirada? Eso nunca. En la guerra no puedes detenerte porque matan a tu compañero, has que continuar. Sobre todo si eres un SEAL. Nuestro compromiso con el objetivo nos distingue de otros grupos, y allí el objetivo lo teníamos claro. Matar terroristas estaba por encima de todo.

En su libro describe con frialdad el momento en que mató por primera vez. La sensación que tuve fue de satisfacción, como cuando haces bien tu trabajo. Y nada más. Me sentí como un hombre de negocios que cierra una buena operación o un futbolista que mete un gol. Misión cumplida, trabajo bien ejecutado, punto.

La diferencia es que usted acabó con una vida. Cuando disparé a aquel terrorista, y a los que vinieron después, no sentí que estuviera matando a un ser humano, porque alguien que está dispuesto a poner un coche bomba para mutilar a mujeres y niños, a atropellar a una multitud con un camión, como hicieron en Niza, o a ametrallar una discoteca, como hicieron en París o Estambul, no es una persona. Es un salvaje, un carnicero, una mente retorcida, alguien que he de eliminar antes de que venga a mi país a hacer lo mismo. Esto es muy sencillo: nosotros somos los buenos y ellos, los malos, y mi misión es acabar con ellos.

Pero usted llega a ver sus caras antes de disparar, en el libro describe la nebulosa rojiza que se forma alrededor de su víctima cuando estalla la sangre tras impactar la bala. ¿Ver todo eso no le afecta? Me hace tener una relación especial con la vida. La misión del francotirador consiste en eliminar a los malos, uno a uno, para proteger a sus compañeros. Te sientes muy bien cuando sabes que matando a aquel tipo has librado a los tuyos de morir por sus balas o sus bombas.

¿A cuántos ha matado? Permítame que no responda a esa pregunta. Ese dato está entre ellos y yo. Maté a suficientes terroristas como para sentirme satisfecho. Y le aseguro que todos se lo merecían.

¿Le conmueve pensar que entre sus víctimas pudo haber inocentes? Ahí es donde un SEAL actúa de forma diferente. Nosotros tenemos un protocolo de actuación muy exigente, nos aseguramos de que el blanco sea un enemigo claro, hacemos un trabajo muy quirúrgico, no matamos de manera indiscriminada.

Pero a veces se producen errores. ¿No le preocupa? Mire, esto es la guerra. Los norteamericanos no pestañeamos cuando los aliados bombardearon Dresde en la segunda guerra mundial, ni titubeamos al lanzar las bombas de Hiroshima y Nagasaki. Allí murieron muchos inocentes, pero el mal fue exterminado. Le hablo de individuos que no han dudado en usar a mujeres y niños como escudos humanos, lo he visto con mis ojos. Eso dificulta el trabajo, pero no nos impide cumplir con nuestro compromiso.

La semana pasada, una bomba mató a cinco civiles en Ramadi, la ciudad iraquí donde usted estuvo. ¿Mereció la pena aquella misión? ¿Qué opinión tiene del desarrollo de la guerra? Las políticas fracasadas de Obama nos impidieron cumplir nuestro objetivo. Cuando nos fuimos de Irak estábamos ganando la guerra, pero aquella salida tan abrupta dejó el territorio dividido entre suníes, chiitas, curdos y cristianos sin una transición prevista. Esto permitió al ISIS anidar fácilmente. Por culpa de Obama, hoy seguimos viendo violencia en Ramadi, Faluya, Mosul... Con Trump, acabaremos volviendo allí para terminar el trabajo que dejamos a medias por culpa de Obama.

"Con Trump, 

volveremos a Irak para terminar el trabajo que dejamos a medias por culpa de Obama"

¿Cree que eso es lo que va a ocurrir? Trump va a marcar una gran diferencia respecto a Obama. Por lo pronto, él llama al islam radical por su nombre e identifica claramente la amenaza. Estoy convencido de que el nuevo presidente va a luchar con más fuerza contra nuestro enemigo.

¿Qué cree que habría que hacer? Es un proceso con varias fases. Lo primero es seguir cazando terroristas estén donde estén. Pero esto no es suficiente, también hay que impedir que sigan captando a nuevos fieles. El ISIS es atractivo para jóvenes que no tienen trabajo ni futuro y de pronto se ven con mujeres, armas y sintiéndose importantes. Hay que crear trabajo y oportunidades en los países destrozados por la guerra. Y hay que contar con los musulmanes no violentos, necesitamos que ellos también se rebelen contra los terroristas. Necesitamos buenos imanes que les digan que no van a ir al cielo con 70 vírgenes si ponen una bomba.

¿Se ve a usted regresando al frente? No, yo ya cumplí mi misión, estuve ocho años en el ejército y conocí la guerra, ahora le toca a la siguiente generación. Mi sitio está hoy en el campo de la medicina. Me dedico a curar a heridos. Sigo colaborando con los cuerpos especiales, pero ahora no con un arma en la mano.

Hay quien vuelve tocado del frente. Según cuenta en su libro, ese no fue su caso. Matar terroristas no ha sido una experiencia dramática que me haya revuelto por dentro. No soy un ser insensible, quiero a mis hijos, a mi familia y a mi país, amo la vida. Cuando asumes que has matado a gente que estaba dispuesta a acabar con los tuyos, entonces puedes recordar sus cuerpos desangrándose tras dispararles sin que eso te afecte. Ellos no tenían derecho a volver con sus familias.

¿Le ha cambiado en algo aquella experiencia? Matar terroristas me ha hecho valorar la vida más. Ahora, cuando estoy con mis hijos, intento aprovechar al máximo esos minutos, más que nunca, porque sé que pueden ser los últimos. La guerra me ha hecho mejor persona, más comprometido con lo que hago, porque ahora soy consciente de que todo puede acabarse en cualquier momento. 

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