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Lesbos: trágica puerta de Europa

Una lancha con afganos, llegando a la isla de Lesbos, en octubre del 2015. / REUTERS / YANNIS BEHRAKIS

La primera visión de Lesbos con la luz del día fue tremendamente chocante: encaramada en uno de los puntos altos de la costa, exploré el paisaje recorriendo un ángulo de 180 grados con la mirada. Cortaba la respiración. La sensación que tuve es difícil de describir, era una mezcla de tristeza, náuseas, indignación... de parálisis e incredulidad. Allí, en aquella costa, permanecería prácticamente cada dia durante las semanas siguientes. Tomé la primera foto de aquel viaje, la colgué en Facebook y la describí así: «Lesbos. Montañas de chalecos, el peso simbólico que dejan atrás los refugiados una vez que pisan Europa. Delante, Turquía. Cruzan este estrecho cada día. Centenares».

De hecho, ya había visto aquel paisaje antes, en una foto que la fotógrafa Anna Surinyach había colgado en Twitter, si no del mismo lugar, de un lugar muy próximo. Pero la impresión de la visión directa es incomparable con la que provocan las fotografías. De hecho, como bien diría Oscar [Camps] en una de las muchas entrevistas que le hice, hasta que uno no llega aquí y no ve con sus ojos lo que está pasando, uno no se hace a la idea.

El activista Óscar Camps firma el prólogo

Oscar Camps, fundador de la ONG Proactiva Open Arms, y Català de l’any 2015, firma el prólogo del libro de la periodista Arantza Díez, editado por Grup 62, cuyos beneficios se dedicarán íntegramente a la organización, entregada al rescate de personas que se lanzan al mar, sea en el Egeo o en el Mediterráneo, escapando de su pasado y en busca de un futuro. El activista, que compartió vivencias con la autora durante unas semanas, recuerda en el prólogo de ‘Lesbos, a cor obert’ su experiencia en la isla griega, que define como  «el lugar donde la dignidad no existía y nosotros, como muchos otros, luchamos para recuperarla». 

La costa norte de Lesbos tiene una forma especial: sobresale un trozo de tierra que parece que quiere escapar de allí, se despereza como acercándose a la vecina Turquía y la mira de cara. Son una veintena de kilómetros de costa escarpada y playas de piedras, de piedras pequeñas y de cantos enormes y resbaladizos. Es la parte de la isla que queda más cerca de la costa turca, allí donde el estrecho de Mitilene se adelgaza hasta medir 10 kilómetros escasos.

LA MEZQUITA 

Desde aquí, y con unos buenos prismáticos, se puede distinguir fácilmente la mezquita del otro lado: no se ven zarpar los dinghies sobrecargados de gente de Turquía, pero casi. Giorgos Moutafis, un fotoperiodista griego 'freelance' que trabajaba principalmente para la agencia Reuters, lo sabía muy bien: a fuerza de mirar con los binoculares, había adquirido mucha pericia y no solo distinguía las lanchas enseguida, por muy lejos que estuvieran, también sabía calcular con mucha precisión cuando tardarían en llegar a tierra y, lo más importante, a qué playa o acantilado se dirigían por la dirección que llevaban.

Permanecía, con su perro, un bóxer de color blanco un una mancha negra en el morro, en una de las cuatro habitaciones que tenía el To Kyma, austeras y muy sencillas, preparadas para acoger a los turistas que elegían la isla para sus vacaciones veraniegas. Estaban ubicadas en el piso de arriba de la taberna-restaurante y se accedía a ellas por unas escaleras de obra situadas a cada lado de la fachada. En aquella época del año, el To Kyma ya debía estar cerrado, pero la familia que regentaba el hostal, con Paris al frente, se había visto empujada a alargar indefinidamente la temporada.

Los socorristas de Proactiva Open Arms le habían alquilado las tres habituaciones que quedaban libres. Desde abajo, era fácil distinguir cuálos eran sus cuartos, porque de los balconcillos colgaban los neoprenos, las sudaderas rojas y las camisetas amarillas de sus uniformes de salvamento. No tenían prácticamente nada más, eran tan austeros como el lugar que los albergaba.

LA LLEGADA DE LAS LANCHAS

Giorgos era un cliente habitual del To Kyma, no era su primer verano en la isla, había estado en ella los años anteriores y siempre se alojaba allí. Así que conocía muy bien Lesbos y también las interioridades de los isleños. La llegada de lanchas no era ninguna novedad para ellos: aquella ruta para entrar en Europa era tan antigua como el propio estrecho de Mitilene. Y sabían muy bien de qué iba aquel drama: escuchamos explicar en más de una ocasión que a veces el mar escupía cuerpos, que aparecían en las playas del norte, arrastrados por las corrientes, también en invierno. Los encontraban los mismos vecinos y eran ellos los que llamaban a la policía o al ayuntamiento para avisarlos... «Ha aparecido otro cuerpo en la playa». A veces, nos decían, pasaban días hasta que no iban a recoger los cadáveres, cuerpos sin nombre de los que no se compadecía nadie y que engrosaban las estadísticas oficiales que periódicamente publicaba la ACNUR, la de los muertos ahogados en el Mediterráneo.

La sensación que tuve al llegar a Lesbos era una mezcla de tristeza, náuseas, indignación...

Todas estas cosas pasaban cuando Lesbos ni tan solo existía en la agenda mediática global, a pesar de que había allí fotógrafos como Giorgos que habían seguido a fondo aquella realidad que había ido creciendo trágicamente, multiplicando las barcazas que cruzaban el mar cada día, y los muertos, claro. Por eso sabía muy bien cómo moverse y qué hacer, y conocía a todos los pescadores de Skala. A menudo lo llamaban, a veces incluso de noche, para avisarlo de que había una lancha en camino. Entonces él despertaba a los socorristas, que saltaban de la cama en segundos para ir a hacer el rescate.

Cada mañana, justo cuando se alzaba el sol, salía a su balcón del To Kyma, que estaba justo frente al mar, a hacer los primeros avistamientos. Después con los prismáticos y cámara en mano, y acompañado de su mascota, subía a su Volkswagen Golf azul y se dedicada a ir todo el día arriba y abajo, recorriendo la costa norte, buscando barcas y retratando a la gente que desembarcaba. De hecho, su rutina no era nada extraordinaria, acabó siendo, indefectiblemente, la de todo el mundo: voluntarios y periodistas.

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