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Nueva relación en el horizonte

¿Puede convertirse Canadá en un nuevo miembro de la Unión Europea? No exactamente

La presidenta de la Comisión invitó esta semana formalmente a Ottawa a convertirse en miembro asociado de la UE, una fórmula que no existe hasta la fecha y ha levantado ampollas en la Casa Blanca

Archivo - La presidenta del Parlamento Europeo, Roberta Metsola, junto al primer ministro de Canadá, Mark Carney / Sean Kilpatrick / Zuma Press / Europa Press

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Ricardo Mir de Francia

Barcelona
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En el viejo mundo Canadá ha sido casi un apéndice económico y geopolítico de Estados Unidos. En el nuevo mundo quiere ser un socio preferencial de la Unión Europea: casi un miembro más de los Veintisiete, aunque sin formalizar ese estatus por razones obvias. Desde hace algunos meses su primer ministro, el liberal Mark Carney, corteja a los líderes europeos con la intención de encontrar un encaje para su país en Europa y reducir por el camino su interdependencia con Washington. Una respuesta a las agresivas políticas de Donald Trump que esta semana encontró su cristalización inicial en Estrasburgo. “En este nuevo mundo debemos replantearnos urgentemente nuestras alianzas”, dijo la presidenta de la Comisión, Ursula von der Leyen. “Quiero trabajar con usted con el fin de abrir la puerta a Canadá para que se convierta en el primer miembro asociado de la UE”.

Es la magia de las políticas de Trump. De su coerción y sus amenazas. Desde 2025 no solo ha impuesto onerosos aranceles a su vecino del norte, amén de un embargo de ciertas importaciones, sino que ha jugado también con la idea de absorber a Canadá para convertirlo en el “51 estado de la Unión”. Hace dos semanas le cambió el nombre al Lago Ontario, de soberanía compartida, para rebautizarlo como Lago América. Pero con algunos países el ordeno y mando no funciona. Sus políticas acaban produciendo el efecto contrario al pretendían. También como geoestratega, Trump es un genio.

En el Parlamento Europeo, Carney fue recibido como una estrella. Algunos lo han descrito como el nuevo “líder del mundo libre” por su valiente y clarividente oposición al republicano. Tantos eurodiputados quisieron fotografiarse a su lado que su discurso empezó tarde. Sin nombrar nunca al republicano, Carney dio la bienvenida a la oferta europea que con tanto ahínco había perseguido en los últimos meses, aprovechando sus estrechas relaciones con numerosos líderes europeos. Uno de los réditos de su época como gobernador del Banco de Inglaterra. “Lo que importa es la sustancia, lo que acabemos construyendo juntos. Cómo combinamos nuestras fortalezas de un modo que beneficie a nuestros pueblos, proteja nuestros derechos fundamentales y genere prosperidad”, dijo ante una eurocámara rendida, con la excepción de la extrema derecha.

En busca de una fórmula novedosa

La cuestión ahora es el cómo y el qué. La Unión Europea no es particularmente conocida por su flexibilidad y su imaginación burocrática. La figura jurídica del Estado miembro asociado no existe hasta la fecha, si bien Bruselas mantiene acuerdos de asociación con una veintena de países, desde Albania hasta Israel. Por lo que se ha dicho estos días se busca una fórmula que vaya más allá y desemboque en una integración no muy distinta a la que tienen Noruega y Suiza. No será fácil. Algunos países han expresado reservas y otros han recordado que para alumbrar un nuevo estatus se necesitaría el consenso de los Veintisiete. Sin ir más lejos el acuerdo de libre comercio sellado entre ambos hace una década solo ha entrado en vigor parcialmente porque una decena de países europeos todavía no lo han ratificado.

Canadá es el país más europeo de Norteamérica. Y de largo el más democrático, particularmente hoy. Tiene 41 millones de habitantes y la undécima mayor economía del mundo, según los últimos datos del Fondo Monetario Internacional. En términos geoestratégicos es un caramelo difícil de resistir. Una potencia ártica, rica en minerales críticos, tierras raras, gas y petróleo de bituminosa. Es también el segundo país más grande del mundo en superficie. Cuenta con un ejército relativamente pequeño pero sofisticado e integrado en la OTAN, con el que la UE ya tiene acuerdos de defensa.

Amenazas de Trump

Pero la intención ahora es llegar mucho más lejos. Se habla de integrar las respectivas bases industriales de defensa o ciertas cadenas de suministro. De una alianza tecnológica. De asociarse en proyectos árticos. O de profundizar la relación comercial para que bienes, servicios y trabajadores puedan circular libremente entre ambas orillas. En un plano meramente cultural, se busca que los estudiantes canadienses puedan estudiar en Europa sin visado o participar en el programa Erasmus+. Lo que tendría contrapartidas reciprocas.

En su discurso en el Parlamento Europeo, Carney se cuidó mucho de no presentar la “alianza única” que persigue con el Viejo Continente en términos de frente común contra nadie. Allí dijo que no hay intención de convertirse en un tercer bloque geopolítico para rivalizar con las grandes potencias o dominar a otros. Pero claramente la jugada de canadienses y europeos ha escocido en Washington, donde muchos son conscientes de que Trump está hundiendo las valiosas alianzas y el respeto que EEUU solía generar en el mundo. El neoyorkino no sabe tocar el arpa, pero en sus incendios romanos muchos ven las señales inexorables de la decadencia del imperio.

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Y esta semana actuó como se esperaba. Trump afirmó que la invitación de la UE podría ser considerada “un acto hostil” y amenazó con imponer “fuertes aranceles” sobre el club comunitario si acaba descubriendo que hay “malas intenciones” detrás de la jugada. En realidad, nada más que una derrota autoinfligida, digna de los peores jugadores de cartas.

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