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EXTREMA DERECHA EN ALEMANIA

Mucho más que nazis

El partido ultranacionalista y xenófobo Alternativa para Alemania (AfD) se ha convertido en la tercera fuerza del país con un grito de protesta transversal que une a todo tipo de votantes

Radicales de la ultraderechista AfD exhiben pancartas contra Angela Merkel y el islam en Ostseebad Bliz, al norte de Alemania. / AFP/JOHN MACDOUGALL

La ultraderecha ha regresado a Alemania. Este pasado domingo un total de 5.877.094 ciudadanos confiaron su voto a la joven formación xenófoba Alternativa para Alemania (AfD), un 12,6% del total que escenifica la rotura del tablero político nacional. Tras cuatro años anotándose victorias regionales cada vez más contundentes, han obtenido el mejor resultado de un partido nuevo desde la posguerra situándose como tercera fuerza del país. Pero más allá de las críticas, AfD ha demostrado ser un fenómeno transversal que cosecha éxitos entre votantes de todo tipo de ideologías, edades, condiciones sociales y de cualquier zona de Alemania. Mucho más que un partido de nazis.

AfD se ha convertido en un amalgama de distintas sensibilidades con un grito compartido contra las élites políticas y el multiculturalismo. Mientras un 71% de los ciudadanos quiere una Alemania “abierta al mundo” esa opción solo gusta al 14% de los votantes de AfD que, en cambio, optan con un 85% a la reintroducción de fronteras nacionales. Así, como apunta la profesora de Ciencia Política de la Universidad Autónoma de Madrid Máriam M. Bascuñán, el voto a AfD ya no se entiende solo con el eje izquierda-derecha sino con el dentro-fuera, aquellos excluidos e indignados con el sistema que no viven el milagro económico que propugna la cancillera Angela Merkel. Eso explica que le haya robado 400.000 votos a un partido tan distante como la izquierda de Die Linke.

Explotar la incertidumbre

La explotación del mensaje xenófobo y la criminalización del islam ha sido el motor que ha convertido a AfD en una fuerza política de primer nivel. Pero también han sido el chivo expiatorio ideal para llegar a un segmento de la población mucho mayor. Para ello han vinculado la llegada de los refugiados con la insostenibilidad del sistema social. El miedo de los votantes a perder su bienestar o empeorar su situación económica por culpa del extranjero ha relanzado el voto a AfD. Así, tanto parados como la clase media trabajadora se ha convertido en sus principales votantes. Un 55% de éstos tienen menos de 60 años.

Su impacto ha sido especialmente exitoso en los antiguos estados comunistas del este de Alemania (21,5%), más familiarizados con el riesgo de pobreza, la precariedad laboral y la exclusión social. La culpabilización del ‘otro’ también es mayor en el este, donde curiosamente hay menos población extranjera que en el resto del país.

Sin embargo, no hay que olvidar que en siete de las 10 regiones del oeste han superado el 10% de los votos. AfD no es solo un fenómeno oriental. La preocupación ante la incertidumbre explica que un 53% de sus votantes los vote por una mayor justicia social y un 48% por sus políticas familiares. 

Protesta contra las élites

Solo un 31% de sus votantes optaron por AfD convencidos mientras que un 60% lo hizo por desapego con los otros partidos. El auge de la ultraderecha es un claro síntoma de la queja y el cansancio ciudadano. Un 85% también creen que AfD era la única manera de expresar su malestar. Así, convirtiéndose en la voz de aquellos que no tenían, ha conseguido movilizar a 1.280.000 abstencionistas, siendo esta su principal fuente de voto.

El auge del nacionalismo xenófobo en Alemania no puede entenderse sin mirar las crisis de identidad que viven tanto el conservadurismo como la socialdemocracia del país. El descontento con las políticas migratorias de Merkel y de su giro al centro ha llevado a 1.040.000 votantes de la CDU a los brazos de la ultraderecha. Por otro lado, la connivencia del SPD con las políticas neoliberales del gobierno ha llevado a parte de su tradicional votante obrero (21%) y desempleado (22%) a AfD. Con todo, han capturado 510.000 votos de exvotantes socialdemócratas. Hans, jubliado berlinés de 82 años, está cansado de los partidos mayoritarios. “Quiero una oposición real”, explica. No es de extrañar pues que el auge ultraderechista venga con el peor resultado del bipartidismo alemán de su historia moderna.

Votante radical

Además de convencer a un electorado tan variado, el mensaje de AfD también se dirige al votante radical. Las salidas de tono de Bjorn Höcke, la cara más ultra del partido y comparado por su estilo con el ministro de Propaganda hitleriano Joseph Goebbels, han servido como una herramienta incómoda para contentar a las bases más extremistas de su militancia. Aún así, un 55% de sus votantes cree que no se distancian lo suficiente de la ultraderecha.

No sin relación, el principal feudo de AfD es Sajonia, donde en octubre de 2014 tuvo lugar la primer manifestación del movimiento islamófobo Pegida. Ahí, también cuna del neonazismo alemán, la formación ultra ha obtenido un 27% de los votos, coronándose como primera fuerza. Haciendo equilibrios para maquillar esa cara, AfD ha conseguido convertirse en un paraguas político de voces que sin esta estructura nunca habrían sido aceptadas como legítimas para el votante medio. De los casi seis millones de votos obtenidos el domingo, hasta 440.000 provienen de antiguos votantes del partido nazi NPD.

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