DÍA INTERNACIONAL DE LAS MUJERES

Silvia Federici: "No estamos emancipadas, estamos cansadas y en crisis"

  • La legendaria feminista, autora de 'Calibán y la bruja', invita a luchar contra "un sistema que tiene mucha experiencia en hacer que el sufrimiento que produce no sea visible"

Silvia Federici, feminista totémica. / Elvira Megías

Su madre, Dina, una afanosa ama de casa parmesana, solía quejarse de que nadie valoraba su trabajo. "No es un trabajo real", aclaraba su marido. Años y lecturas después, en los 70, Silvia Federici (Parma, Italia, 1942) reivindicó un salario para el trabajo doméstico, que Oxfam acabaría valorando en 9.200 millones de euros al año. Durante décadas ha sonado como una majarada, pero la pandemia –en modo gancho al estómago– ha mostrado la importancia de los cuidados en la vida cotidiana. La feminista italo-norteamericana lo define como 'trabajo reproductivo', y reclama el espacio central que hoy ocupa rabiosamente y en exclusividad la economía productiva.

Su madre, Dina, una afanosa ama de casa parmesana, solía quejarse de que nadie valoraba su trabajo. "No es un trabajo real", aclaraba su marido. Años y lecturas después, en los 70, Silvia Federici (Parma, Italia, 1942) reivindicó un salario para el trabajo doméstico, que Oxfam acabaría valorando en 9.200 millones de euros al año. Durante décadas ha sonado como una majarada, pero la pandemia –en modo gancho al estómago– ha mostrado la importancia de los cuidados en la vida cotidiana. La feminista italo-norteamericana lo define como 'trabajo reproductivo', y reclama el espacio central que hoy ocupa rabiosamente y en exclusividad la economía productiva.

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-Ha tenido que ser un virus el que le diera la razón.

-[Ríe] La pandemia ha mostrado de una manera descarnada que las mujeres viven en una situación de crisis permanente. Tienen que trabajar fuera de casa y no hay servicios que remplacen su presencia. Al volver de sus empleos –generalmente precarios–, el trabajo doméstico sigue ahí. Su semana laboral no dista de la de las obreras de la revolución industrial. No tienen espacio para recuperarse ni recrearse, lo que empeora su salud mental. Con el cierre de las escuelas, esa situación se ha vuelto dramática.

-¿Ha descubierto alguna grieta imprevista?

-Desde los 70 venía denunciando que el feminismo no hacía suficiente trabajo sobre el tema de los cuidados. Pero he constatado –incluso en carne propia: mi marido tiene párkinson y y yo asumo el trabajo reproductivo– que no hay una sola política que garantice el cuidado. Sigue recayendo sobre las mujeres.

-Cierto.

-Se habla de la emancipación de la mujer a través del trabajo extradoméstico, pero es hora de decir: "No, no estamos emancipadas, estamos cansadas y en crisis".

-Buen lema para el 8-M.

-Otro podría ser: "Nos queremos vivas, libres y desendeudadas". En EEUU, una gran mayoría de mujeres que trabajan fuera de casa usan su salario para poder pedir un préstamo, porque el sueldo no es suficiente para garantizar su autonomía. Son préstamos al 50% de interés, lo que aumenta su vulnerabilidad a la violencia doméstica. No es algo nuevo, pero la pandemia ha creado una situación explosiva. Urge reclamar una sociedad que reconozca el valor de la reproducción social, no solo con palabras o con la celebración artificial del Día de la Madre, sino con un apoyo económico real.

-¿Es ahí donde el feminismo debe poner ahora el foco?

-El feminismo debe movilizarse por la redistribución de la riqueza. A dos niveles: 1/ hay que preguntar al sistema que decide nuestras vidas –protector del capital, de la tierra, de los recursos– dónde va lo que producimos; y 2/ organizarnos desde abajo para tener más fuerza de negociación con el Estado.

-¿Cómo?

-Creando formas colectivas de toma de decisiones. Imagine una robusta y amplia asamblea comunitaria de debate sobre los cuidados: qué necesitamos, cómo cambiar la política institucional de la salud y de los servicios. En la academia ya tenemos miles de artículos sobre el asunto. Hay que implicar a todas.

-Antes decía que no había tiempo para recuperarse y recrearse.

-Soy consciente, y por eso digo que no se puede hacer una fuerte política sobre cuidados sin luchar por reducir el tiempo de trabajo asalariado. Cuando trabajas 20 horas al día en una oficina, no hay tiempo para asambleas comunitarias. Pero si no hacemos esto, ¿qué podemos hacer? Como dice Verónica Gago en su libro 'Potencia feminista', el feminismo es una perspectiva para cambiarlo todo. Su interés no es sectorial. No se trata de mejorar la condición de vida de las mujeres. Es una perspectiva para reimaginar la organización de la producción y la reproducción social. Hoy producimos cosas que nos hacen daño, que nos matan, a la vez que desatendemos a los vulnerables y a nuestra salud. Necesitamos tener ambición en nuestra visión social. La misión histórica del feminismo siempre fue la igualdad.

-Usted nos descubrió que no existiría el capitalismo sin la caza de brujas, que disciplinó a las mujeres, encerrándolas en el hogar. ¿Sigue habiendo caza de brujas?

-Las hay en muchos países, en el sentido literal. Pero lo que sigue permaneciendo oculta es la conexión entre la violencia contra las mujeres en espacios urbanos y la política de expansión del neoliberalismo, del extractivismo, la privatización de la tierra, el ataque a los regímenes comunitarios, de los desahucios. Por eso hay que conectar las luchas. El feminismo es muy importante porque se ubica en la experiencia de la reproducción social, pero debe conectarse con los movimientos ecologistas, contra la guerra, contra la deuda, contra el racismo. Hay que traer a la superficie esta conexión.

"Hay una conexión oculta entre la violencia contra las mujeres en los espacios urbanos y la política de expansión del neoliberalismo, el extractivismo, el ataque a los regímenes comunitarios"

-Hay mujeres que creen haber roto razonablemente el techo de cristal.

-Nos hemos dado cuenta de que las mujeres que tienen trabajos más cualificados y quizá más creativos, muchas veces son trabajos que les dan poder sobre otras personas. Si son trabajos que nos ponen en el lado del poder institucional, debemos politizarlos.

-Su libertad depende de otras esclavitudes, quiere decir.

-Exacto. Yo les diría: "Compañeras, no hay nada más creativo en nuestras vidas que construir una sociedad en la que nuestra felicidad no se apoye en el sufrimiento de los otros".

"No queda otra que seguir luchando. La alternativa es un sistema que tiene mucha experiencia en crear división"

-Las jóvenes quizá ya no pueden pensar en términos de felicidad.

-Las jóvenes creen que tienen delante un mundo rígido, o que es demasiado tarde. Y yo les digo: "No, hay que seguir luchando, sin garantías de que vamos a poder, porque la alternativa es suscribir un sistema creador de destrucción y muerte, un sistema que tiene mucha experiencia en crear división y hacer que el sufrimiento que produce no sea visible". Solo creando lazos afectivos, de confianza, se podrá superar este individualismo que nos mata y nos aísla.

-La alianza, a partir del MeToo, funciona con respecto a la violencia sobre los cuerpos. ¿Le alivia?

-Mucho, pero es importante ampliarla. En EEUU, por ejemplo, ha salido una ley que da al feto la personalidad legal, lo que significa que todo lo que haga la mujer embarazada –desde comprar un medicamento a tener un accidente de coche– se puede convertir en un crimen. ¡Una locura! En varios estados han creado sistemas de control en la salud pública: los sanitarios pueden denunciar a la policía si ven algo sospechoso en una analítica. Ha surgido el Movimiento de la Justicia Reproductiva, pensando en las afrodescencientes y migrantes. Cuando las feministas blancas denuncian que el aborto es control sobre sus cuerpos, ellas les dicen: «No compañeras, eso solo es parte del control».

"A los 17 años me preguntaba: "¿Por qué no he nacido hombre?". A mis casi 80 estoy muy contenta de ser mujer"

-¿Le quedan a usted incógnitas por despejar?

-¡Por supuesto! Es ahora cuando empiezo a ver muy claro que el capitalismo tiene mecanismos que se repiten a lo largo de los siglos: resuelve cada crisis con la desposesión y la expulsión de gente de su lugar. Frente a eso, hay que oponerse a la creación continua de antagonismos entre los que son explotados.

-¿Le ha resultado una experiencia gozosa ser una mujer?

-A los 16 o 17 años me preguntaba: "¿Por qué no he nacido hombre?". Pero a mis casi 80 estoy muy contenta. Me ha dado una mirada sobre la vida más inclusiva y me ha permitido comprender qué es el trabajo doméstico, qué significa la salud... Al inicio de mi feminismo pedí el salario para el trabajo doméstico casi como una provocación, pero luego comprendí su importancia.

-Su madre tenía razón.

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-He aprendido tanto de su experiencia... Ella me decía: "Hablas siempre de los obreros, pero tu tía, que es una campesina que se levanta a las 4 para alimentar a los animales y criar a cuatro hijos, ¿es o no es una trabajadora?". Lo era, ya lo creo que sí.