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Frankenstein: ciencia, responsabilidad y estereotipos de género

El doctor Frankestein y su criatura.

La multitud se acumula para ver la ejecución. El verdugo abre la trampa y el hombre cuelga de la soga, luchando durante unos momentos con la muerte, hasta que fallece. Nada de sorprendente hasta entonces en esta plaza de Londres de principios de siglo XIX. Pero esta vez el espectáculo no acaba aquí: un nuevo descubrimiento, la electricidad, debe hacer vivir un milagro al público, que mira el cuerpo inerte del criminal, ahora protagonista de uno de los celebrados espectáculos científicos del químico escocés Andrew Ure. Cuando Ure le hace pasar la corriente eléctrica por el cuerpo, los asistentes no pueden creer lo que ven: el cadáver abre los ojos como dos platos, alza el puño desafiante y clava patadas al aire con la espalda arqueada.

Este experimento, famoso en la Inglaterra de Mary Shelley, resuena en la descripción que hizo la autora de 'Frankenstein, o el Prometeo moderno' (publicado hace 200 años) del momento de la insuflación de vida al cuerpo del monstruo.

Electricidad y vida

Los estudios con ranas muertas de Luigi Galvani, que les provocaban contracciones musculares con corrientes eléctricas, habían propiciado la idea de que el "fluido eléctrico" podía ser el "fluido vital". Más allá del ámbito científico, la idea de que la electricidad escondía el secreto de la vida flotaba en las tertulias y salas de té de la Inglaterra del 1800. La ciencia se había convertido en un tema de moda para los lectores educados. También para las mujeres: circulaban varios libros sobre ciencia para chicas, escritos por mujeres como Jane Marcet, que alcanzarían un gran éxito.

Mary Shelley, rodeada desde pequeña de un ambiente erudito, estaba informada de los nuevos avances científicos. Mientras escribía Frankenstein, se documentó sobre química a través de los escritos de Humphry Davy, que había inspirado el libro de Jane Marcet. Según este joven profesor, que atraía a cientos de personas en sus clases, las pilas, el nuevo invento de Galvani, no eran sólo una nueva fuente de energía sino una llave para abrir los rincones más misteriosos de la naturaleza. La novela de Shelley estaba, pues, sólidamente basada en la ciencia puntera del momento.

Frankenstein ha sido interpretada como una fábula sobre la inestabilidad permanente del equilibrio entre la responsabilidad del científico ante sus creaciones y la "vida independiente" de estas. Esta fábula ha sido usada reiteradamente a lo largo de la historia: el caso más paradigmático, la bomba atómica.

Frankenstein y la bomba atómica

A menudo sin nombre o llamada con eufemismos como "artefacto nuclear", la historia de su creación puede evocar paralelismos con las pulsiones y angustias del científico descritas por Shelley. En la carta firmada por Albert Einstein y dirigida al presidente Franklin Roosevelt, que la urgía a construir la bomba antes de los nazis, y en la posterior condena del uso de la bomba contra Japón, podemos ver tanto la incitación a la creación como el remordimiento del científico.

Para la física y feminista Evelyn Fox Keller, Frankenstein es sobre todo una historia sobre las consecuencias de las aspiraciones masculinas de apropiarse de la función procreadora, pero aclara que no es una crítica feminista. La obra de Shelley transgredía las convenciones, al responsabilizar a un hombre de las consecuencias de ceder a la curiosidad, al ansia de saber: ya no era Eva quien desfrenaba el pecado cogiendo la manzana del árbol del conocimiento. Hija de la feminista Mary Wolstonecraft -autora del libro Una reivindicación de los derechos de las mujeres-, y del influyente pensador de la izquierda radical William Godwin, las elecciones de vida de Shelley fueron marcadamente poco convencionales.

Shelley y los clichés

Shelley vivió una época en que las mujeres estaban relegadas de la práctica científica y Frankenstein es un fiel retrato de esta situación. Shelley reprodujo en el libro los clichés de género del momento: mujeres frágiles, caseras y gobernadas por sus emociones, en contraste con hombres activos, intrépidos y comprometidos con el pensamiento racional. La primera edición de Fankenstein fue anónima, como muchos de los libros sobre ciencia escritos por mujeres con que Shelley se formó.

Por qué Shelley, tanto poco convencional en muchos aspectos, hizo un retrato tan convencional de la mujer en la ciencia? La pregunta encierra una lección valiosa: la perpetuación de la invisibilización de las mujeres en la ciencia ha ido de la mano de la naturalización de su relegación. Incluso las voces más subversivas pueden estar reproduciendo lo que su entorno cultural ha naturalizado. Tomar conciencia de las injusticias naturalizadas es un reto mayúsculo, imprescindible y permanente.

La autora de este artículo forma parte de la Red de Científicas Comunicadoras

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