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Homenaje a dos madres excepcionales

Maria Mendeleyev y Clara Hoffmann contribuyeron de forma significativa al avance de la química aunque nunca pisaran un laboratorio

Un laboratorio de investigación en València. / MIGUEL LORENZO

Debe de haber pocas aulas de química en el mundo en las que no figure la obra de Dmitri Mendeleyev (Tobolsk, Siberia, 1834). A mis alumnos de la Universidad de Sevilla les enseño la que está a la entrada de mi departamento, en la que cada cajoncito alberga una muestra de un elemento químico en un recipiente de vidrio sellado. Obviamente me refiero a la Tabla Periódica de los Elementos, un recurso pedagógico de este profesor ruso de química que resultó tan acertado que solo con saber el lugar que cada elemento ocupa en la misma, se pueden deducir sus propiedades y predecir el tipo de compuestos que formará.

De Siberia a Moscú y San Petersburgo

Aunque Dmitri Mendeleyev es muy conocido, poca gente sabe que pudo desarrollar su carrera científica gracias a una mujer excepcional, Maria Dmitrievna Mendeleyev, su madre. Esta decidió sacar a su hijo Dmitri, el menor de los 14 (o 17) que había parido, de su Siberia natal para llevarlo a Moscú y San Petersburgo con objeto de que pudiera continuar sus estudios a pesar de ser viuda y estar arruinada. En reconocimiento, él le dedicó uno de sus libros:

 “Esta investigación está dedicada a la memoria de una madre por su hijo menor. Ella lo educó por sus propios medios mientras dirigía una fábrica. Lo instruyó con el ejemplo, lo corrigió con amor, y para hacer que se dedicara a la ciencia dejó Siberia con él gastando sus últimos recursos y fuerzas. Mientras moría, ella le dijo: ‘Refrena las quimeras, insiste en el trabajo y no en las palabras, busca pacientemente las verdades científica y divina’. Dmitri Mendeleev considera sagradas las palabras de su madre moribunda”.  La Tabla Periódica fue su forma de honrar esas palabras.

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Roald Hoffmann, miembro de la Universidad de Cornell (Nueva York, EEUU) que recibió el premio Nobel de Química en 1981, ha aplicado las reglas de la mecánica cuántica para explicar de una forma clara y concisa por qué y cómo tienen lugar las reacciones químicas. Su carrera científica, y su vida, no habrían sido posibles sin su extraordinaria madre.

Nació en Zloczow, entonces Polonia, en 1937 en el seno de una próspera familia judía formada por Hillel y Clara Safran, ingeniero y profesora, cuyas vidas fueron dramáticamente alteradas cuando en 1939 su patria fue invadida por los rusos al comienzo de la Segunda Guerra Mundial. En 1941 la región cayó bajo el dominio nazi y los Safran fueron llevados a un campo de trabajo forzados de donde Roald y su madre consiguieron escapar; su padre en cambio permaneció en el mismo para participar en una sublevación. El complot fue descubierto, Hillel fue ejecutado y Roald y su madre se escondieron en el ático que había sobre la escuela de una aldea vecina ayudados por la familia del maestro. Lo que Clara Safran hizo durante los 18 meses siguientes se me antoja milagroso: mantener a un niño de cuatro años encerrado en una buhardilla sin que hiciera ningún ruido que pudiera delatarlos, dado que el suelo era el techo de la escuela donde estudiaban, entre otros, los hijos de los nazis del pueblo.

Huir del encierro y del acecho de la muerte

Durante su reciente visita a la Universidad de Sevilla, el profesor Hoffmann nos contó cómo él observaba a través de las rendijas de las tablas que tapaban las ventanas de la buhardilla a los niños de la escuela mientras jugaban a la hora del recreo. Pero también nos habló de los maravillosos momentos vividos con su madre. Como tenían viejos atlas de la escuela, su madre inventó un juego denominado 'Húmedo o seco', en el que le daba la latitud y la longitud de un punto en el globo y él tenía que adivinar si estaba en tierra o en mar. También tenía que describir las rutas y los medios de transporte para ir de un lado a otro del globo en unos viajes imaginarios con los que Clara consiguió que su hijo escapara del encierro y de la acechanza diaria de la muerte.

Fueron liberados por los rusos en 1944 y terminaron recalando en Nueva York, donde Clara se casó con Paul Hoffmann que fue un padre para Roald, el cual desarrolló una brillante carrera científica que en las últimas décadas ha complementado con la escritura de poesía y obras teatrales. Hoy mantiene viva su curiosidad y sigue transmitiendo la fe en el ser humano y la fascinación por el trabajo intelectual que le transmitió su madre. 

Hay muchas formas de participar en la gran tarea colectiva que es la ciencia y no hay duda de que Maria Mendeleyev y Clara Hoffmann contribuyeron de forma significativa al avance de la química aunque nunca pisaran un laboratorio.

La autora de este artículo forma parte de la Red de Científicas Comunicadoras

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