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INTRAHISTORIAS DEL RAVAL

La vida más allá de Lancaster

Tras años de resistencia, las familias vulnerables que okupaban el 24 de la pequeña calle, patio trasero de la Rambla, lograron que el consistorio las realojara

Dos exvecinas de la vía, símbolo de la ferocidad inmobiliaria en Ciutat Vella y de la resistencia de un barrio a ser arrrasado, explican sus experiencias vitales

Wendy frente a su nueva casa, en el Casc Antic.  / FERRAN NADEU

Si puede, Wendy prefiere evitar pasar por la calle de Lancaster. Le parte el alma ver en lo que se ha convertido lo que durante seis años fue su hogar y el de sus tres hijos. Un gran solar lleno de escombros. En pie, en un extremo, apenas algunos centímetros de la que fuera la fachada principal de los números 22 y 24 de la calle, patio trasero de la Rambla. En ellos aún se reconoce a uno de los personajes de la versión 'street art' del 'Guernica' que caracterizaba la finca que, por su estado, completamente derribada, a excepción de este pedacito de fachada, bien podría pasar por bombardeada. Queda también en pie la esbelta palmera que daba, todavía da, la bienvenida a la pequeña y castigada calle, en los últimos años símbolo de la ferocidad inmobiliaria y de la resistencia del Raval rebelde. Una resistencia con distintos focos y rostros. Uno de ellos, el de Wendy, una de las conocidas como Madres de Lancaster, cuya lucha logró lo que en principio parecía imposible: un realojo para todas las familias que vivían en el 24, edificio okupado en el 2012, hijo del 15-M, que se convirtió en cálido -pese a su precariedad- refugio de familias vulnerables. Muchas de ellas, madres solas con hijos; desahuciadas sin alternativa.

Antes de llegar a Lancaster, 24, Wendy vivía en una habitación realquilada junto a su hija pequeña, en aquel momento recién nacida. Sus dos hijos mayores estaban en Santo Domingo. No pudo optar a la reagrupación hasta más tarde. "El piso era húmedo y al señor que me alquilaba la habitación le molestaba todo. Hasta que le calentara la leche a la niña. Por eso, cuando me plantearon la opción de instalarme en Lancaster dije que sí. Los pisos estaban fatal, pero era mucho mejor que la habitación, que tampoco podía pagar", recuerda la mujer, de 44 años, vecina del Raval desde el 2007, donde llegó de su República Dominicana natal sola, "buscando una vida mejor".

Lancaster, 24, en abril del 2017, casi un año antes de su desalojo / ÁLVARO MONGE

"La que más extraña Lancaster es la niña; ella se ha criado allí. Llegó que no tenía ni un año y se fue con siete. Éramos como una familia, con las otras madres y los otros niños. Mi hija ha crecido en comunidad. Si yo me tenía que ir a trabajar me quedaba tranquila porque sabía que la niña no estaría sola. Que si no podía quedarse con una, se quedaba con otra, jugando con los otros niños", explica esta madre desde su nueva casa de protección oficial, con vistas al flamante Born Centre Cultural. Ella quería quedarse en el Raval, sobre todo por el colegio de la pequeña -los hijos mayores tienen 19 y 14 años- pero no le dieron opción. "Es un cuarto sin ascensor y no tiene muebles, pero como mínimo es un piso del que sabemos que no nos van a echar y, aunque lejos del Raval, está en Ciutat Vella, que era una de nuestras peticiones cuando ocupamos la sede del distrito exigiendo soluciones", recuerda la mujer, una de las primeras que se instaló en el edificio okupado, quien a su vez abrió las puertas de este a otras madres en su misma situación.

Más de dos años de espera

En julio del 2015, en una reunión-asamblea con la entonces recién nombrada concejala de Ciutat Vella, Gala Pin, esta les prometió que no ejecutarían el desalojo y derribo de la finca, afectada por un plan especial urbanístico impulsado por un privado y pendiente de ejecución desde el 2003, hasta que todas las familias vulnerables fueran realojadas. Promesa cumplida, de hecho, pese a que al tratarse de una finca okupada después de haber sido ya desalojada y sus primeros vecinos realojados, estas familias, con la ley en el mano, no tenían derecho a realojo. Pero los ritmos de la administración son a veces incomprensiblemente lentos. En septiembre del año pasado, dos años después de la promesa inicial, y aún sin alternativas reales encima de la mesa, estas madres y sus hijos ocuparon la sede del distrito. Exigían realojos "ya", dada la degradación de la finca. Estos -al fin y al cabo y pese a todo, esta es la historia de una (pequeña) victoria- se produjeron una vez el distrito logró encontrar viviendas para todas las familias, el 28 de febrero de este año. Al poco tiempo empezó el derribo, para evitar nuevas okupaciones.

Montserrat frente a los restos de la que fue su casa. / joan cortadellas

A sus 69 años, Montserrat Boltà también vivía en el 24 de Lancaster. En su caso, sola y "por libre". Llegó, también, cansada de ir de habitación realquilada en habitación realquilada. "Conocía a mucha gente del 15-M y me explicaron que habían abierto este espacio, que era sobre todo un espacio de lucha", recuerda la mujer frente a las ruinas. "Espero que conserven la palmera -señala-, yo vivía en el principal y la veía cada día desde el balcón". "Al principio había un ambiente muy bonito. Teníamos una lavadora comunitaria, hacíamos asambleas cada tarde para repartirnos las tareas... pero la situación cada vez estaba peor. Yo tenía unas ratas enormes en mi casa. Les daba de comer para que no se me tocaran los zapatos", prosigue la mujer, quien tenía claro que no quería volver a vivir realquilada. "Estoy encantada con el piso que me ha tocado, que me han dicho que es para siempre. Está en Nou de la Rambla y tiene dos ventanas que dan a la calle", concluye sonriente y convencida de que la solución ha llegado "porque ahora mandan mujeres".

La concejala Pin argumenta que el plan aprobado para la zona hace 15 años y que incluye en en lugar un aparcamiento y pisos privados, no les gusta, pero que "había que desencallarlo, ya que era peor la situación de degradación en la que se encontraba [aún se encuentra] la zona". "Había una parte muy perversa en todo esto que era que la decadencia del lugar lo hacía caldo de cultivo para especuladores, a un paso de la Rambla. No podíamos dejar que viviera gente en esas condiciones", concluye la concejala.  

Otras historias del patio trastero de la Rambla

La del 24 no era la única finca en lucha en Lancaster. Hace justo un año, en julio del 2017, el ayuntamiento anunció la compra de los números 7, 9 y 11, fincas cuyos inquilinos llevaban meses alertando del peligro que corrían (ellos y el barrio). "Estos edificios son un claro ejemplo de algo que se está evidenciando mucho sobre todo en el Raval. Fincas muy viejas, algunas semiruinosas, cuyos propietarios llevaban años sin invertir en ellas, a sabiendas de que sus inquilinos eran personas vulnerables que en muchos casos no conocían sus derechos; y que ahora ven la oportunidad de venderlas y hacer negocio", analizaba Pin en el momento de la compra. Los vecinos se organizaron tras la compra del número 13 por parte de MK Premium, que fue denunciado por su último residente, quien se negó a dejar su casa, por acoso inmobiliario. 

Las cuatro fincas llevaban meses recibiendo visitas de posibles compradores y la propiedad de los cuatro era la misma sociedad, con lo que el destino del 7, el 9 y el 11 parecía escrito; siguiendo el camino abierto por el 13, cuyos vecinos recibieron distintas cantidades de dinero para abandonar sus viviendas, en algunos casos de toda la vida. MK Premium, a su vez, demandó al último vecino del 13, por impago del alquiler, y a la concejala Pin por injurias y calumnias por las acusaciones que esta había lanzado hacia la compañía, acusándola de "violencia inmobiliaria".

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