Portada

Actualidad

Deportes

Cultura

Extra

Entre todos

Vídeos

Servicios

El último rinoceronte de Barcelona

La caza furtiva de un ejemplar en un zoo francés invita reparar en Pedro, el unicornio de Barcelona, último de su estirpe

Vince, un rinoceronte blanco del zoológico de Thoiry, al sur de Francia, junto en la frontera con Suiza, murió de tres disparos el pasado 7 de marzo. Un grupo de desalmados ladrones burlaron las medidas de seguridad del recinto para llevarse como un tesoro el cuerno del animal, un ejemplar de la subespecie de rinoceronte blanco, del que solo quedan unos pocos miembros en libertad en el mundo. Una cateta leyenda atribuye a ese cuerno un poderoso efecto afrodisíaco. Se pagan fortunas por ese material en el mercado negro. Fue un episodio tremendo. Los rinocerontes blancos no solo van de cabeza a la extinción por la caza furtiva en África, sino también ahora porque, lo nunca visto, son cazados allí donde se supone que se trabaja por su supervivencia. Esta es una ocasión, pues, para volver la vista hacia Pedro, barcelonés, anciano, que será probablemente el último rinoceronte que pisará el suelo Barcelona. Los hijos de los niños que hoy van al zoo de la ciudad puede que jamás vean ya un rinoceronte vivo. Visto así, sobrecoge.

La edad de Pedro es más incierta que la de las folclóricas. Nació, se supone, antes de 1971. Si no es un cincuentón, poco le falta. En libertad, probablemente no habría alcanzado esta edad. En los zoológicos su esperanza de vida es mayor que en su medio natural, lo cual dice mucho y a favor de estos recintos a veces tan discutidos. Pedro pasa los días en el Zoo de Barcelona como un barcelonés en plena senectud lo hace en el CAP. “Es un buenazo. Se deja hacer los tratamientos con gran paciencia. No tiene nada grave, pero a esta edad y con ese peso es fácil que se le llague la piel”, explica Conrad Enseñat, veterinario y responsable de la colección de mamíferos del parque. Solo requiere medicina geriátrica, como muchos otros ejemplares del zoo, pero su caso es especial porque, a diferencia de otros animales del zoo, morirá sin descendencia, y entonces, su actual residencia, en una suerte de gentrificación animal, será ocupada por las tres elefantas que tiene por vecinas.

EXVECINO DE RIOLEÓN

La vida de Pedro es tan singular como el propio paso de los rinocerontes por Europa. Este ejemplar formaba parte de la familia animal de Rioleón Safari. Las deudas terminaron con aquella reserva y, de repente, la Generalitat se tuvo que hacer cargo de 200 animales salvajes. Pedro, pues, pasó una etapa de su vida como ‘funcionario’ autonómico y, poco después, pasó a formar parte de los activos de La Caixa. Una vida azarosa, sin duda.

Aterrizó así finalmente en Barcelona, pero solo él, pues su gran colega hasta entonces, Cirilo, viajó al Zoo de Valencia. Total, que ha pasado la mayor parte de su vida en una indeseada abstinencia sexual, lo cual es seguramente un durísimo castigo para un rinoceronte. Los cazadores furtivos les matan por su cuerno, que al peso se paga más caro que la cocaína, porque hay quien cree que con él se puede lograr el furor sexual de este animal, que no es leyenda, es realmente un John Holmes de la sábana, pero su secreto no está en esa protuberancia sobre la nariz. El material del que está hecha es más o menos el mismo que el de la uñas del pie de cualquier persona. Eso, a los creyentes de las pócimas orientales, no les convence, y los rinocerontes lo pagan con su vida.

EUROPA Y LOS RINOS

Lo dicho, el paso de estos unicornios gordetes por Europa ha sido también muy singular. En la prehistoria, pastaron por el viejo continente hasta su extinción. Luego, regresaron de la mano de los romanos y su afición a exhibir bestias salvajes en combate contra hombres en los espectáculos del circo. No es que los emperadores tuvieran que ir a buscar a los confines del mundo los animales para sus espectáculos. En aquellos tiempos había leones en Grecia y jirafas y elefantes en la riba norte de África. Pero con la caída del imperio no volvió a pisar Europa un rinoceronte hasta el año 1515, en que el rey de Portugal Manuel I recibió uno como regalo desde la India. Era un ejemplar menudito, así son los rinocerontes asiáticos en comparación con los de África, pero cuando el monarca se lo quiso regalar al papa León X, el barco que lo transportaba naufragó. Llegó otro en 1579. Este fue un regalo para el rey de España Felipe II y, así, en cuentagotas, llegaron otros a lo largo de los siglos, como Clara, una rolliza hembra muy mansa que viajo por nueve países de Europa, hasta que falleció en Londres. Pedro, visto de esta perspectiva, comienza a parecer cada vez más el último de una estirpe condenada a la desaparición. Lo de Vince ha sido solo un triste preludio.

Outbrain